viernes, 1 de septiembre de 2017

1º de septiembre de 2017

Hoy es el día de mi cumpleaños número cincuenta y ocho. Ha pasado el tiempo. Pero me siento bien, joven aún y plena. La vida ha ido pasando aveces con un vértigo inusitado, otras en una calma de sosiego. Yo me siento entera, sin demasiados huecos que llenar. Mi salud es excelente y disfruto de lo que deseo casi sin darme cuenta de ello. Me despierto a la mañana con una sensación de bienestar y paz.
Me sorprende el amanecer con el canto de los pájaros en mi ventana y el maullido de los gatos en el jardín. Quisiera ser un poco menos estructurada, pero trabajo para ello todos los días y hago lo mejor que puedo. Me gusta pensar, y paso horas haciendo. Si me observaran desde algún lugar, dirían que soy una vaga que no hace nada, pero en realidad yo estoy pensando. Pienso en cosas que aún me gustaría hacer, y en cómo hacerlas. También pienso lo que aún deseo con todo mi corazón y me remonto a mis años de juventud cuando comenzaba a vivir y el camino recorrido. Ahí me quedo mucho tiempo. Es que estar pensando en esos tiempos en que uno “abría la boca y creía que se tragaba el mundo” es una sensación rara. Cuanto ímpetu, cuanta energía, cuanta esperanza. Luego los golpes, las dificultades, las vicisitudes, te van noqueando, y volver a levantarse es complicado.
Pese a todo, creo lo fue logrando sin el tiempo necesario para pensar que mis decisiones tendrían consecuencias para el resto de mis días. Y ahí paro. Una cosa que aprendí y me dio excelentes resultados, fue medir las consecuencias negativas y positivas que una decisión trae aparejada. Por lo menos las que podemos visualizar, después están las otras las que surjen de las variables propias de la dinámica de la vida y sus entretejidos sociales, culturales, y económicos.
Los números siempre están presentes en cualquier análisis concreto que se realice y en este, el mío, son favorables para mi. Ahora que considero he pasado la mayor parte de mi vida “viviendo!” creo que mi balance es positivo. Y tomo esta decisión sobre mí, por varias razones. Una, la más importante, siento que soy una persona de bien. Una persona que por lo menos no le hace mal a nadie. Tal vez no sea una persona muy social, pero es lo que puedo por estos tiempos. Y me siento bien conmigo misma. Creo que es lo importante, y con eso me quedo por este año.
Lo que debo seguir practicando es el agradecimiento porque tengo y he logrado mucho de todo en estos largos y bellos cincuenta y ocho años.  

miércoles, 23 de agosto de 2017

Tormenta azul en la Santa María




El cielo azul tormenta, se acercaba a nosotros rápidamente. El viento norte soplaba tirando algunas gotas de agua dulce y cálida. Con mi hermano Julio, habíamos subido al techo de la casa. Un techo a dos aguas de zinc, los dos solos. Rápidamente me ubiqué en la parte más alta, al centro, sobre la cumbrera. Estaba sentada en cuclillas sobre la chapa caliente del techo, mirando ese monstruo que se acercaba apresurado. Una tormenta de verano, azul profundo, y con brillos de relámpagos y refucilos. Fue un momento sublime, único. Mi hermano, al verla venir, bajó inmediatamente y me dijo que yo también lo hiciera. Volteé mi cabeza para mirarlo, pero no me moví de donde estaba.  Me quedé inmóvil en esa posición, casi sin respirar. El viento bramaba, moviendo las ramas de los árboles con una fuerza inusitada. De pronto escucho la voz de mi madre que me llama, con miedo, desde la galería diciendo que bajara, que se descolgaría una lluvia intensa. Yo le contesté que sí, pero que esperara  un poco. Pero ella no escuchaba mi voz. Tenía sólo ocho años. Era menudita, una niña pequeña, con unos pocos pelitos rubios,  por eso alguna vez me llamaron Pelusa, “que se la lleva el viento”. Cerré los ojos y el soplo cálido me golpeaba la cara. Era una sensación extraña, increíble. Siempre me gustó el viento. Que me llevara por todos lados empujándome. Corría en el mismo sentido,  me parecía una fuerza abrumadora que podía lograr cualquier cosa. Ese día me había subido al techo para ver mejor. Era la tarde de un sábado. Ahí descubrí la magia de una tormenta de viento norte, antes de que se vuelva sur. Mis pelos volaban desordenados, y la ropa se inflaba. Recuerdo las sensaciones que me recorrían el piel. Había alegría, placer, emoción, y paz, si, mucha paz.  Hoy, cuando el tiempo ha pasado, sé que esa tormenta me preparaba para la vida. Nunca tuve miedo. Si, cuidado. Por eso cuando sentí que el viento giró hacia el sur y la lluvia comenzó a ser fuerte, y más fría, me pare con cuidado de no resbalar ni caer y crucé del otro lado del techo, y bajé por dónde estaba el lavadero. Cuando lo hice estaba totalmente mojada, empapada. Los pelos estaban pegados a la cara y la ropa al cuerpo.  Pero ya llegaba a la galería y a la toalla que tenía mi madre en sus manos,  para secarme. Esos recuerdos, dejaron una huella en mí, y probaron mi valentía.  Hoy cuando tengo una sensación de temor, vuelvo a esa tormenta azul de sábado  y a las manos de mi madre frotando mi cuerpito frío y mojado. A veces llego a sentir que el tiempo no ha pasado y estoy en ese momento especial. Sin prisas, sin miedos, cuidada, querida. 

Ganas de Escribir

Las ganas de escribir

            Me surgen ganas de escribir y tengo que hacerlo en cualquier lado. Será qué tengo algo en la punta de los dedos que me incita a golpear las teclas de la computadora? Pero es así. La necesidad de escribir es poderosa. Pueden ser las tres de la mañana y me despierto en medio de la noche y levanto la compu a la cama y escribo textos como este que no son más que una necesidad de expresar lo que me pasa. Luego el sueño viene nuevamente y dejo todo, me tapo con el acolchado de plumas y duermo hasta la mañana.
            Hoy me preparé el mate pensando que eran las seis y media. Fui al baño, me lavé los dientes y la cara. Pero cuando llegué al dormitorio nuevamente, y miré el reloj del celular, vi que eran las tres!!! Así que nada, tomé mi computadora, a la que le falta la tecla de la eme, y comencé a escribir. Casi sin darme cuenta voy escribiendo dos párrafos de nada, pero escribo como si todo estuviera pensado de una manera inteligente y brillante. Pero sé que no es así.
            Ahora siento que no tengo un tema para hacerlo y el hormigueo me va bajando lentamente a los párpados que me pesan sobre los ojos. Siento ese cosquilleo en la nuca avisando que el sueño es fuerte. Siempre estoy pensando en tantas cosas que se pueden escribir y cuando tengo la computadora en las manos, mi inspiración se diluye como arena entre los dedos.
            Son tiempos aciagos, de desesperanza, de agobio. De no saber que hacer con lo que sucede y con el deterioro del tejido social de este bello y maravilloso país que tenemos.
Ayer, mientras charlaba con vos por audios de whatapps, pensaba en cuantas cosas se rompen y no se recuperan más. Los ancianos que mueren por la desidia del estado sordo, los niños que no aprenden, las mujeres que intentan seguir alimentando y conteniendo a los más débiles. La situación de no tener para comer, de no tener trabajo, de no tener remedios. Esas cosas son las importantes hoy. Yo tengo todo eso, pero me duele el alma, de ver  lo que le pasa al otro, a los otros. La gente durmiendo en la calle, los viejitos, las familias. Los que están porque no tienen otro lugar. Los que han perdido el trabajo, los que han perdido la esperanza, los que han perdido la dignidad.
Mi mate se puso frío y lavado, igual lo ensillo y sigo tomando. Ya son las cuatro y el sueño se está apretando  en mis ojos y detecto una leve molestia. Ahora sé que debo escribir cuando tengo ganas y lo que me surja.
Tal vez de esa manera pueda completar la historia de mi infancia, la de mis abuelas, mujeres fuertes si las hubo, la de mi familia y sobre todo la de mi madre.
Por eso escribir me hace bien, me ayuda a sacar de adentro lo que me acongoja y que también me hace sonreír. La vida sigue y avanza sin que nadie la detenga. El tiempo es inexorable. Pero depende de cada uno disfrutarlo saboreándolo como con un café caliente y dulce un día frío.
Tengo sueño, y ya escribí. Ahora a dormir. Mañana será un nuevo día con cosas increíbles por vivir.



miércoles, 17 de mayo de 2017

Guillermo pelea para ganar.



Estoy aquí, en Caba, en el Hotel de las Provincias, en la calle Mitre, desde hace cinco días, acompañando a Guillo en esta situación que le toca vivir. Estoy con Elizabeth, su compañera, su pareja que desde el 8/4 se vino en esa ambulancia de Alta Complejidad desde la villa hasta aquí.
Guillermo tiene problemas cardíacos por su problema de Hodgkin de cuando tenía 26 años y recién había nacido Guillermina, su hiita. Le apareció un Linfoma en la base del cuello y al analizarlo, era un hodgkin. Por eso recibió rayos que pasando los años, le produjeron un problema en el corazón. Esto se fue agravando con el paso del tiempo y dos operaciones que fueron paliando esta situación.
Hoy, a los sesenta y tres años, Guillermo está peleando para sobrevivir luego de una tercer intervención quirúrgica al corazón, dónde sólo existía el 30%   de posibilidades de sobrevivir. Y él lo hizo. Ahora se debate en una frágil situación de avance y retroceso.
No he podido escribir porque estoy con la cabeza puesta en darle energía a ese hermano mayor que amo y que tanto ha sufrido desde joven.
Por eso trato de poner mi mente en pensarlo bien, sonriente, lleno de luz y feliz.
Ahora pensé que tal vez era bueno poder escribirte esto para que vos sepas que es lo que me está pasando, y cuál es la condición que vivo en este momento. Esperando las horas de visita, pensando en relatos para contarle y que conteste moviendo la cabeza, y que abra los ojos y nos vea sonrientes y con luz en la cara y que esas acciones le den seguridad para poder seguir progresando.
Siento una emoción indescriptible cuando lo veo así, minusválido, con sus ojos estrábicos, fuera de foco, que se abren pero no ven.

Así que me encuentro en esa situación en estos días de mi vida que me hacen reflexionar sobre el tiempo y el disfrute de cada uno de los momentos bellos que la vida nos regala día a día. Y hago lo mejor que puedo, y escribo sólo esto. 


martes, 28 de marzo de 2017

Volver a escribir

Hace varios días que no escribo... 
Tal vez la vorágine de cosas que surgen en el día a día, hacen que uno no se tome ese valioso tiempo de escribir lo que se aprisiona en la mente. Por eso, hoy, decidí hacerlo sin red, directamente en la hoja blanca del blog. Este hecho es significativo para mi. Nunca lo hice, siempre cuidé la forma de escribir y qué escribir. Tengo un gran respeto por mis lectores. 
Hoy es un día gris y de lluvia finita y molesta en la ciudad donde vivo. El cielo  encapotado, siempre me invita a escribir, me da una sensación de intimidad, de espacio privado, cerrado, sensible.
Esta fresco, el aire cada vez está más frío. Después de un verano increíble de lindo, con temperaturas que superaron los treinta grados, y teniendo ese mar azul tan cerca, es un tiempo de paz. Ahora siento que la llovizna se transformó en lluvia fuerte, y escucho las gotas sobre el techo de chapa de mi casa, es una melodía suave, que repiquetea monocorde pero dinámica y me hace escribir sobre el teclado como si siguiera su ritmo. Es estimulador. Me gusta. Aparece y desaparece en una constante de letras sobre la hoja blanca que se parece a un baile de letras movedizas. Esa danza que se produce en el renglón, me parece un ballet y las imagino con sus pasos de baile y la música que suena en el lugar imponente de gente, de ojos expectantes, de oídos atentos a todo. 
Paró de llover, hay más luz entre las nubes bajas y sedosas del cielo. Mis gatitos están acurrucados sobre la ventana, hechos un "bollito" de pelo suave. Su madre, la gata sin nombre, los vigila sobre el zócalo de la puerta.
Las plantas felices de recibir esta agüita del cielo, dulce y natural, explotan con sus ultimas florecillas y verdean con sus follajes lavados y frescos, erguidos al aire tan puro de nuestra patagonia.

jueves, 16 de marzo de 2017

Microrrelato



      Espejos en el cielo
Caí de rodillas. Mi cabeza, inclinada hacia abajo, pero mis ojos abiertos miraban la claridad del cielo azul. El golpe certero terminó con mi existencia, pero mi alma subió infinita y libre.
El   cielo cerúleo nublado, se abrió en mil pedazos de espejos y recibió mi energía vital de forma inimaginable. Había muerto. 

miércoles, 15 de marzo de 2017

Al despertar, recordé un sueño

   
Es una mañana tranquila y suave. Apenas está apareciendo el sol detrás de las nubes rizadas como si fueran pompas de merengue. Hoy se siente el aire fresco de marzo. Estiro los brazos para desperezar mi cuerpo después de  tantas horas de sueño. Y de repente recuerdo lo que sucedió anoche: soñé. Las imágenes se aparecen en mi mente con mucha claridad. Era un enorme galpón lleno de bolsas llenas de cereal, creo. Y yo allí caminando hacía la puerta entreabierta, que dejaba pasar la luz tenue del sol. Las piernas me pesaban, no podía moverlas. Seguía en el mismo lugar pensando que estaba caminando hacia afuera. De pronto se profundizó el silencio en ese enorme lugar y apareció una pequeña mariposa blanca que revoloteó sobre mi cabeza. Era mi madre que se acercaba a decirme algo. Siempre que aparecía una mariposa blanca, mi madre decía que era el espíritu de un ser querido que nos quería decir algo, así que para mí era eso y era mi madre, sin lugar a dudas. Revoloteo unos instantes, que para mí fueron largos momentos, y luego desapareció en la luz. Yo quedé atónita, perpleja pero en paz.
De pronto me di vuelta en la cama, y desperté totalmente. Abrí los ojos, los cerré, los volví a abrir. Y supe que estaba despierta inexorablemente. Los recuerdos del sueño, fueron apareciendo como retazos desordenados y llevados por el viento. Me levanté y fui al baño. Allí me miré al espejo. Tenía la cara marcada con la almohada en la mejilla derecha. Ya no pude volver a acordarme como seguía ese sueño. Sólo la mariposa revoloteando en la luz tenue de ese galpón lleno de bolsas de trigo. Si, eran de trigo, tengo la certeza que el cereal era trigo. Un trigo dorado. Toda la mañana anduve intentando recordar un poco más de ese sueño pero fue en vano. Nada pude hacer. Fue sólo eso, un sueño.
Ahora pienso que mi madre anduvo cerca de mí en estos días. Si la sentí así. Ya han pasado varios meses de su partida, y aún la siento por aquí. Eso es lo que pienso y tal vez está acompañándome en esta etapa de madurez en la que voy revisando la vida, y los recuerdos se agolpan en la mente queriendo salir a bailar en palabras y en renglones convertidos en textos, en cuentos en relatos. Si debe ser eso. Tengo que escribir lo que mi madre dejó pendiente sobre su familia belga, sobre sus recuerdos de viajes. Ahora lo veo claro. Ella quiere que escriba sus narraciones en tantos viajes realizados y que no pudo hacerlo ella. Madre: así lo haré.

Gracias por recordármelo en este sueño especial. 

martes, 14 de marzo de 2017

Una noche calurosa de verano en Sauce Pintos



Era un verano caluroso en Sauce Pintos. Después de cenar, mi padre nos llevó a un parquecito de pasto bajo que había entre los arboles de mandarinas. Allí, acostados, con los brazos cruzados debajo de la cabeza simulando una almohada,  nos dispusimos a mirar el cielo. Era una noche calma, con aire cálido. Las chicharras cantaban en un coro monótono. El cielo se veía con un ancho camino de estrellas brillantes de diferentes tamaños. La vía láctea en todo su esplendor se lucia esa oscura noche. Mi padre nos pidió que miráramos con atención y en silencio todo ese espectro nocturno. Así lo hicimos. Pasaron varios minutos y sentí el rocío que humedecía mi espalda  y brazos. La noche estaba increíble. De pronto mi padre nos orientó para observar el sur. Y allí estaban las estrellas que formaban la Cruz, la  Cruz del sur. Todos los hermanos pudimos identificar a cada estrella con su nombre y el diseño que formaban. Entonces padre nos contó la historia. Que la Vía Láctea es una galaxia y que tiene forma de espiral. Lo que vemos en esta hermosa noche de verano, es sólo una pequeñísima parte, y es esa especie de camino que surca el cielo con una leve curva. Es nuestra galaxia, y donde se encuentra la tierra. Los griegos que eran grandes Astrónomos, y observaron con detenimiento el cielo durante siglos, la denominaron así por parecerse a un sendero de leche en el firmamento. Un camino de leche, es su significado en latín. También nos hacía observar la Osa Mayor y Menor, y el lucero del alba, que no era otro que el planeta Venus. Todas las historias de las constelaciones y datos de las estrellas, nos dejaban en silencio, observando con agudeza para ver si podíamos encontrar todo lo que nos contaban. Allí aprendí a ver estrellas fugaces. Mi padre nos ayudaba a verlas y detectarlas en el cielo. En realidad, de adulta, supe que no eran estrellas, sino meteoros, pero en ese tiempo mi admiración por mi padre hacía que todo lo que él decía era así. Lo admiraba y amaba infinitamente. Era un ser poderoso en mi vida pero, teniendo apenas nueve años, lo perdí. Pero siento que sólo su presencia física, porque su ser espiritual, me acompaña en cada momento importante de mi vida. Las pérdidas de los niños acaecidas por la muerte dejan un hoyo, un vacío muy profundo y oscuro, que nos cuesta poder rellenar. Igual la vida se encarga de hacer que ese hoyo profundo se llene de recuerdos y anécdotas según los sentimientos que se aniden en el corazón. Yo llevo muchos de esos recuerdos en ese lugar que ahora tiene luz, ya ha dejado de ser oscuro, y me produce sonrisas en la boca cuando hurgo en sus recuerdos.



lunes, 13 de marzo de 2017

Otoño en Sauce Pintos

Otoño en Sauce Pintos
Los días de otoño amanecen fríos y las hojas de los árboles se tiñen de un color ocre amarillento. Pronto dejarán un colchón en el patio que barreremos y quemaremos, en una actividad que es casi un juego. A mí me gusta  jugar donde caen las hojas. El crujir que se siente es muy divertido. Con mis  hermanos después que juntamos en una gran parva, de esas hojas secas y crujientes, nos tiramos arriba. Quedamos llenos de hojas secas pegadas en todo el cuerpo y con el pelo alborotado. Nos divertimos juntos con esa inocencia de la infancia.


Mi padre  hace fuego todas las mañanas en el fogón que hay en la cocina y toma mate amargo con una pavita enlozada color azul de Prusia, creo que decía mi mamá, que le gustaba saber el nombre de todos los colores. Me gusta verlo, es un padre imponente, con autoridad. Pero sabio y bueno. Me gusta sentarme en su pierna izquierda, esa es la mía. Mi hermana y yo usamos sus piernas, una para cada una, para que nos tenga alzadas. Yo le rodeo la cabeza con mis brazos pequeños y me quedo allí en su hombro fuerte, protegida. Esa imagen me acompaña en momentos de tristeza. El, dejando que mi cabeza se recueste en su fuerte hombro, abrazada y abrazando. Creo que sus dos mujercitas eran sus regalonas, siempre nos llevaba de la mano a cualquier lado que íbamos. En cambio los varones, iban con mi mamá.
Es un padre presente y trabajador. Mis últimos recuerdos de él, son un cumpleaños número nueve. Se había enfermado, y lo habían operado en Paraná. Desde allí llego con mi madre a la casa de Sauce Pintos, con una torta de chocolate para mí. Ya lo habían operado y estaba delgado y blanco.

Ese recuerdo perdura en mí siempre. Mi padre entrando a la casa con la torta  bañada en chocolate entre sus manos, Una torta que había preparado mi mamá que lo acompañaba y venía con él. No recuerdo cuanto se quedaron, pero tengo la idea que fue una visita. Nosotros, los chicos estaríamos al cuidado de mi abuela Leti, pero no lo recuerdo. Era septiembre, tres meses antes de que partiera definitivamente. Recordando estos momentos, siento que corren silenciosas unas lágrimas por mis mejillas, y que una congoja me aprieta el alma… fueron tiempos de mucha tristeza y de cambios que se daban sin darnos cuenta. 



sábado, 11 de marzo de 2017

Los días de lluvia en Sauce Pintos


Los vidrios repartidos de las ventanas estaban empañados y llenos de gotas de agua. Es una mañana de otoño y llueve desde la madrugada. Nos hemos levantado con la modorra del día que sabemos no podremos salir a jugar afuera.  El aire está húmedo y frío. Las habitaciones apenas iluminadas porque las nubes son densas y bajas. Llueve finito, suave y persistente. Los chicos miramos la lluvia por las ventanas, es un día para andar en los cuartos, saltando en las camas y jugando a las muñecas Piel Rose que tenemos las mujeres. Nos gusta vestirlas y arreglarlas con trocitos de tela que simulan abrigos costosos, y vestidas para la fiesta, salen a pasear en un imaginario lugar cerca de las patas de la cama de bronce que era de mi abuela. Nos sentamos en una alfombra tejida con hebras de no sé qué material. Mamá siempre nos pide que no estemos en el piso desnudo para no enfriarnos, es tan fácil resfriarse en esta época, y nos cuida mucho, porque todos somos alérgicos y algunos de mis hermanos asmáticos. Mi hermana Pili, es la que más sufre de asma. Ella se cuida de cualquier frio en el cuarto que da al sur. Igual jugamos toda la mañana con las dos muñecas, a la que a una le falta una parte del rodete porque se lo comió un cachorro que teníamos. Las dos las heredamos de unas primas mellizas Martinez que nos la regalaron. Fueron nuestras primeras muñecas lindas y para jugar que tuvimos con mí hermana. Nos gustaba hacer personajes y hablar por ellas, los mellizos también jugaban con nosotras porque eran los más chiquitos.
 Por el pasillo llegaba el aroma de alguna comida sabrosa, que hervía en una olla grande sobre la cocina. Generalmente un puchero con huesos con caracú, o algún guiso de arroz, o fideos con salsa de tomates. Comidas abundantes para tantos comensales. La mesa,  grande y de madera, la cubría un mantel con flores azules y verdes. El pan caliente y humeante salía del horno directamente a la panera a reposar. Se amasaba dos veces por semana, y se usaba media bolsa de harina. ¡Cómo me gustaba amasar con mi madre!. Ella me dejaba mezclar y tocar con mis esa masa suave y tibia. También hacía tortas fritas o bollos con huevo y azúcar encima, que eran una delicia. Tenía épocas, de tortas negras, épocas de bollos,  otras de pastafrolas, después de tortas dulces. Mi madre hacía cosas dulces por épocas, hasta que se cansaba y cambiaba de receta. Nada alcanzaba, todo era muy rico y nosotros muchos y comilones.
Con mi hermano Julio a la casita. Teníamos armado un fuego cerca de una pared en el gallinero. Hacíamos arroz hervido y huevo duro en una lata de tomates. Mi hermano hacía un fogón con ladrillos y hierros dónde apoyábamos las latas. Yo preparaba la leña para el fuego. Usábamos unos fósforos que le sacábamos a mami de la cocina. Los fósforos eran un elemento muy necesario en la casa. Y no había otras cosas para prender, hasta que salió el magiclick. Podíamos estar toda la mañana en los preparativos de esa cocina y cocinando. También hacíamos los juguetes de madera. Los autitos, las escopetas, los caballitos, todo con madera.
Las navidades eran las fiestas más importantes, y los reyes magos. Cómo éramos tantos, los juguetes nos llegaban de Buenos Aires. Nos gustaba cuando venían mis tíos solteros, cargados de regalos. Esos tíos eran los hermanos de mi mamá, y nos querían, especialmente venían después que mi padre murió y quedamos solos los ocho hijos con mamá. Los regalos que traían eran diferentes a los que había en el pueblo. Así que estábamos orgullosos de esos juguetes  con los que jugábamos todos. Recuerdo cuando me trajeron un osito de peluche grande. Otra vez un pianito que aún conservo. Mirábamos en el Billiquen las publicidades y pedíamos al niño dios lo que nos gustaba. En la oportunidad que pedí ese pianito la propaganda mostraba una foto de uno grande, donde se podía tocar sentado en un banco. El que me trajo era muy pequeño del tamaño de una torta, color rosado y con doce teclas de madera. Igual estuve orgullosa de ese juguete con el que aprendí a tocar el arrorró mi niño y el feliz cumpleaños. Nuestra niñez fue así de simple y sana. Casi no veíamos televisión porque no había. Jugábamos todo el día en verano y en invierno, íbamos a la escuela y leíamos mientras hacíamos las tareas. Nuestra madre era la directora de la escuela después que mi padre murió. Así que aunque lloviera, nosotros íbamos a la escuela con mi  mamá.

Fue una niñez increíble, llena de juegos y alegría, pero también de momentos de mucha tristeza y lágrimas. Pero siento que fuimos felices a nuestra manera, por eso cada vez que nos juntamos con mis hermanos, disfrutamos de esos recuerdos de la infancia que están tan grabados a fuego en nuestras mentes y en nuestros corazones.


martes, 7 de marzo de 2017

El Mentiroso

La costa de ese pueblecillo blanco era sencilla y simple. Casitas de dos o tres pisos, pintadas a la cal, y hechas con adobe y cemento. Calles de piedra y caminos de arena y ripio, subían por las lomas cubiertas de vegetación verde brillante y reluciente. Era verano y hacía mucho calor. Un pueblo de tantos del Este, con pescadores, y gente paseando por la costa. Un pueblo pequeño, ignoto, con un nombre descolorido, en contraste con su gente y su belleza.
En una de esas casas blancas con ventanas y terraza al mar, vivía Laura. Era una mujer hermosa aunque ya pasaba los cincuenta años. Alta y esbelta. Aún tenía el glamour de su juventud. Sus ojos profundos y grandes aleteaban con sensualidad frente a cada bocanada de brisa que entraba por la ventana abierta. Era hermosa y sexi. Estaba en una edad en que las mujeres son casi diosas, y saben que son capaces de cualquier hechizo y con solo desearlo, hacen que se  cumplan.
Ese caluroso medio día, Laura leía con fruición con su diccionario de latín cerca para consultar cualquier vocablo que no entendiera, las notas del notario, que escribió el Testamento. Miró hacia la mesa y vio un papel. Humberto  había dejado una entrada de cine, de la noche anterior. Ella no sabía nada, porque desde hacía años no se dirigían la palabra,  ni se tocaban, ni se acercaban uno al otro. Esa era su vida desde hacía mucho tiempo, en el más ignoto silencio. Humberto era un manipulador y mentiroso. Por muchos años la había tenido sometida en silencio, pero ya no. Tiempo atrás se había despertado de su largo letargo de una manera imperceptible. Horacio no lo había notado aún. Lentamente recordó lo sucedido. Pero estaba débil y debía fortalecerse para lograr vencer y afrontar lo que vendría con la fuerza que heredó de su familia, ya desaparecida.  
Ella tenía que descifrar ese secreto que la tenía insomne por las noches y somnolienta durante el caluroso día de ese verano singular.
Una mosca la cautivó repentinamente. Brillaba junto a un antifaz con lentejuelas azules que la dejaban enjoyada como para el carnaval que pronto se acercaba. Su mente, rápida para huir de cuestiones tediosas, se lanzó a imaginar a esa mosca con caireles azules, desfilando en el corsódromo de la ciudad. Casi sin darse cuenta se quedó ensimismada con esos pensamientos con disfraces y colores resplandecientes, y se olvidó de su búsqueda incesante para descifrar lo que debía comprender. El calor apretaba y se hacía sentir en todo su  entorno. Las cortinas livianas de voile, flotaban con esa brisa caliente que entraba por la ventana. El viento del Norte era muy caluroso y se hacía sentir ese febrero. Entrecerró sus ojos en un gesto de modorra y se quedó dormida. Soñó con tanta intensidad que siempre pensó que era una verdad consagrada. Ella que se dejaba llevar al pozo de agua detrás de la casa y Humberto que la empujaba dentro, y caía rozando apenas las paredes de ladrillos con musgos suaves y frescos por el agua que pronto sintió en todo su cuerpo al chocar con ella. Estaba fría, pero no la molestaba, se dejó flotar y estiró los brazos y las piernas en ese shock mientras se hundía sin dejar de respirar, y con sus ojos bien abiertos mirando todo a su alrededor.
La mente parecía en suspenso y sus ojos abiertos veían pasar las imágenes como en una película, pero en cámara lenta, y sin sonido. El fondo era de un color borroso y fuera de foco, con lo cual sólo podía ver su imagen flotar y caer sin estridencias.

El secreto era ese, él la había empujado a ese largo viajes sin fin y del cual nunca pudo volver a salir. Su mente se quedó en ese pozo irrecuperable de musgos y lagartijas, de agua dulce y fresca y de ladrillos húmedos y enmohecidos. Y nadie lo sabía, sólo ella y estaba allí, sin poder expresarse como un ánima en vida, sin reacción, muerta, penando por esa casa frente a la mar, sola y en silencio. Perturbada pero consciente tomó la decisión de hacer conocer la verdad de lo sucedido, y sin más se paró y comenzó a caminar hacia afuera y gritar a los cuatro vientos su verdad. 


martes, 28 de febrero de 2017

Recuerdos de mi infancia

Comencé a escribir mis recuerdos
Me gustaría contar cómo fue mi niñez, pero seguramente antes de eso deberé ponerlos en contexto para que puedan comprender la dimensión de lo que les pueda narrar. Intentaré hacerlo de una manera simple, sin vueltas, lo más llano que pueda escribir.
Nuestra niñez fue algo maravilloso. Éramos ocho hermanos que disfrutaban de crecer juntos en una casa de campo a 25 km de la ciudad capital: “La Santa María” que se erguía sobre la Cuchilla Grande de Montiel a 2 Km de un poblado en Entre Ríos. Las cuchillas son elevaciones, especie de lomadas encadenadas,  que se extienden de Norte a Sur en las provincias mesopotámicas, de no más de 100 metros de altura. Son lomadas suaves, verdes y parejas. Sobre la cuchilla grande de Montiel, está construida “La Santa María”.
Sauce Pintos, así se llama mi pueblo, se encuentra en el Distrito Espinillo del Departamento Paraná. Aún hay una controversia sobre su nombre, ya que muchos le dicen Sauce Pinto, sin la ese final. A decir verdad, la primera familia y dueña de esos terrenos fue la familia Pintos. El nombre compuesto por la denominación del arroyo El Sauce, que corre por esas tierras y el apellido de la primera familia en habitar esos pagos, da el nombre a la localidad. Por eso me gusta pensar que es Sauce Pintos. Esta población está  diseñada en tres calles paralelas y dos perpendiculares,  sin nombres. La escuela Provincial N°33 está ubicada justo en la manzana del centro del pueblo. Frente a ella, en media manzana, se erige la capilla católica Virgen de Luján. Y todo alrededor las casas de los pobladores. Algunos son chalecitos, otras casitas bajas. En la calle principal, que no tiene nombre, en la punta Este está el almacén de la familia Garberi; y en la punta Oeste se encuentra el almacén de la familia Dellizzotti. En la misma calle, justo a la mitad y frente a la manzana de la escuela, se encuentra la Oficina del Teléfono Público. Y frente al almacén de Dellizzotti está la Estafeta del correo que atiende doña Chela. A dos kilómetros hacia el sur se levanta “La Santa María”.  Allí nací y me crie con mis hermanos.
“La Santa María” es una vieja casona de techo de chapa a dos aguas, que se erige de Norte a Sur. Dos grandes galerías de baldosas rojas, daban sobre el Este y el Oeste y allí mi madre tenía todas las macetas con sus plantas. La entrada a la casa era una tranquera de madera, y un camino en subida que llegaba a un bosquecito de tipas enormes y frondosas. En la primavera el camino se llenaba de flores quedando como un tapiz salpicado en oro. Luego había una puerta de caño y alambre, ese que parece un  nido de abejas, de dos hojas, por donde se ingresaba a la casa propiamente dicha. Ese trayecto tenía unos cincuenta metros en subida y el final se encontraba esa magnífica casa de campo con su cartel sobre la pared, en chapa esmaltada azul y letras blancas donde se leía su nombre. La Santa María. Mis padres la compraron y ya tenía ese nombre y cómo nosotras, las mujeres de la casa éramos tres Marías, creo que les gustó o fue casualidad y se lo dejaron. A la casa se ingresaba por la zona Oeste, por la galería al comedor de diario. Y de allí se distribuían el resto de las habitaciones. Un comedor de recibo, con el juego de comedor provenzal de color oscuro de petiribi  y un baúl de madera muy antiguo pintado de azul cobalto muy oscuro. Desde ese lugar se pasaba a los dormitorios que daban al sur. Los tres dormitorios se comunicaban entre sí con el del medio. Tenían grandes ventanales de madera con postigos y rejas por fuera. Desde allí se veían los árboles, las palmeras centenarias y el jardín. Dos de esos dormitorios tenían una puerta que daba a las galerías. Cuando hacía calor esas puertas se abrían para crear corriente en las noches de verano, y hacer más fresca las habitaciones. Era una casa hermosa, grande, luminosa. Desde esa altura se veían los campos verdes y los sauces del arroyo. Me gustaba subir al techo y sentarme en la cumbrera, la vista desde ese lugar era magnifica, aun la tengo grabada en mi memoria tan nítida que con solo cerrar los ojos puedo sentir el aire sobre mi cara, o los rayos del sol sobre mi cabeza.  
Recuerdo de niña, dormía con mi hermana Rosario, a quién decíamos Pili, y con Ester, una ahijada de mi mamá que se crió con nosotros. Indefectiblemente mi hermana mayor dormía en la cama el medio de la habitación porque, sobre la ventana o sobre la puerta de la galería, sentía miedo. Así que a mí me tocaba dormir sobre la ventana y era un placer mirar para afuera, escuchando los grillos y las chicharras cantar, ver las estrellas y la luna nocturna iluminar con sombras todo el paisaje, especialmente en las noches de verano. Era placentera esa hora para pensar e imaginar historias con las sombras revoloteando con el vuelo de algún ave nocturna o algún murciélago, que solían pasar cerca de mi ventana volando de una palmera a la otra.
La casa tenía una gran arboleda, con una entrada de tipas, varias palmeras datileras centenarias, muchos paraísos, algunos jacarandás y un alcanforero. También recuerdo que había algunos árboles frutales grandes y viejos, un ciruelo, y un guindo, que yo recuerdo. Era una casa que había quedado abandonada por mucho tiempo así que las plantas y los arboles estaban viejos y deteriorados por falta de cuidados. Hubo que poner mucho trabajo para que volviera a estar verde y acogedora. Como a mi padre, Cayetano, le gustaban mucho los árboles, plantaba todo el tiempo diferentes especies. También planto un sector con citrus y una enorme huerta de verduras. Nosotros, aún pequeños,  le ayudábamos en todo lo que podíamos, y elegíamos entre todos los lugares para plantar cada árbol. La huerta llevaba mucho tiempo entre desmalezar y regar. Mi padre llegaba de la escuela y se iba a ese lugar. Regaba con un carrito aguatero que tenía un tambor con agua. Todos esos recuerdos se agolpan en mi mente y quieren salir a la luz, bailando en palabras por el renglón, y son tan potentes, que se desorganizan todas y tengo que hacer un alto para ordenar mi cabeza.
Mi madre siempre estaba atendiendo cosas de la casa. Éramos muchos para todo. La comida y ordenar las camas. Limpiar la casa. Barrer el patio. Siempre estaba haciendo algo. Eran tiempos de zurcidos y costuras, de mantener la ropa en condiciones. Había pobreza, pero una pobreza digna, de personas limpias, y prolijas. Nosotras ayudábamos adentro de la casa, los varones afuera. Esa era lo que se hacía. Era algo instituido. Mujeres adentro de la casa, varones afuera y cosas pesadas.
Los dos eran maestros en la escuela del Pueblo. Mi padre el director y mamá una de las maestras. Y nosotros asistíamos a esa escuela. En mi primer año, me tocó mi papá de maestro. Fue raro tener que decirle: Sr.  Ruberto al papá de uno. Pero en esos tiempos era así, y se aceptaba sin preguntar. Tengo recuerdos de ese día. Mi padre tenía mucha autoridad, pero era muy sabio y suave para enseñar a sus alumnitos. Lo amé tanto como padre como maestro. Nos contaba historias maravillosas y sabía tanto de las estrellas y de la naturaleza que nos cautivaba a todos.  
Mis recuerdos de cuando Vivían mis padres juntos y éramos una familia entera no son muchos. Pero algunos son muy fotográficos y nítidos. Admiro a mis hermanos que tienen una memoria increíble, sobre todo a Julio, que es un año mayor que yo, porque se acuerda con una facilidad asombrosa de cada uno de los acontecimientos que vivimos. Yo sólo tengo algunas imágenes fieles a lo pasado y muchas re narradas por mi memoria para la supervivencia de los recuerdos.
Igualmente esa casa que con el tiempo fue cambiando y de estar llena de vida pasó a quedar sola y casi derruida, en pocos años es un hito sólido y resistente  en nuestra vida, me atrevo a decir de todos los hermanos,  como sujetos y como familia.
Mientras fuimos chicos nos encantaba salir de expedición. Eso significaba salir de la casa, atravesar cuatro campos, cruzando los alambrados y llegar al arroyo El Sauce. Mi madre nos visualizaba desde la casa por la altura en que esta se encontraba. Un lugar increíble y virgen, el cual disfrutábamos jugando y armando casas y fogones. En verano nos metíamos al agua, en alguna playita baja. El fondo era de arena rojiza según mi recuerdo, y había mojarritas que nos gustaba pescar. Eran tiempos felices, y no recuerdo tener preocupaciones, si bien, mi madre ya había quedado viuda, embarazada de mi hermano Javier. Cuando mi madre nos autorizaba, nos pedía que lleváramos una caña con un banderín en la punta, de tal manera que ella supiera dónde estábamos ubicados y de esa manera se quedaba tranquila. En general íbamos con Julio, y mis hermanos mellizos, a veces también iba Javier, mi hermano menor que era muy mimado. Nos organizábamos con mochilas de lona, que no sé quién las habría traído a la casa, pero que nos servían para llevar todo lo necesario. Los alimentos, que generalmente eran tortas o galletitas y saquitos de té y azúcar para tomar en el arroyo. Mi hermano Julio era el encargado de hacer el horno en la barranca, y el fuego para calentar el agua. Tenía todo lo necesario para hervir el té y servirlo en jarros de lata, bien azucarado. Mientras nosotros jugábamos en el agua o buscábamos mariposas o bichos, y veíamos pájaros en los sauces llorones que caían sobre el cañadón. Recuerdo esos momentos de mucho sol y las chicharras cantando en la siesta del arroyo mientras nosotros jugábamos en el agua. A mi me gustaba ver las flores y las cortaba para llevárselas a mami. No había consciencia del cuidado del medio ambiente,  pero sin saberlo nosotros no hacíamos basura. Al contrario, siempre que podíamos limpiábamos el lugar para que sea apto para la próxima vez que fuéramos. Esas expediciones eran increíbles, volvíamos felices, cansados y llenos de historias para contar y compartir.
Añoro esos tiempos en que disfrutábamos de eso paseos como lo más divertido de las vacaciones de verano.
En invierno, era más difícil salir, pero a veces lo hacíamos igual. Nos emponchábamos hasta las orejas y salíamos al arroyo. El paisaje era diferente, y el té más sabroso porque hacía frio. Muchas veces teníamos sabañones en los dedos que nos dolían y se lastimaban. Era el frio lo que los provocaban porque la sangre se congelaba, eso decían las doñas, la piel se hinchaba y picaban mucho. Uno se rascaba y se lastimaba. Ahora ya no hay más sabañones, las casas tienen mejor  calefacción y eso influye mucho.
Las siestas también eran hora de juegos. Jugábamos siempre. Con Julio teníamos varias casitas donde hacíamos fueguitos y en latitas de atún o arvejas hervíamos huevos de gallina o arroz, que nos daba mi mamá. Yo siempre cocinaba y también jugábamos a hacer programas de televisión. Yo preparaba la comida y mis hermanos mellizos, arriba de un árbol, hacían de camarógrafos. Lo que es la vida. Ellos trabajan actualmente en ese rubro, y a mí aún me encanta cocinar, y no descarto hacerlo de otra manera.
También teníamos un tanque australiano, pero no de chapa, sino de paneles de cemento. Era algo diferente, pero perdía mucha agua, así que lo usábamos con poca agua. Igual nos divertíamos mucho allí. También íbamos a un árbol imponente, o eso me parecía a mí, que era la cina cina. Una especie de tamarisco que se ubicaba en el alambrado con la familia Pintos, allí jugábamos mucho. A veces la cina cina era un avión, a veces un barco, o simplemente la casita con sus pisos. Subíamos a ese árbol y desde allí podíamos pasar horas y horas inventando historias de piratas y platos voladores. Su tronco era grueso y rugoso, lleno de nudos y sus grandes ramas eran un laberinto de otras más pequeñas que usábamos de apoyo para no caer.  Allí inventamos las mejores historias que la imaginación nos podía proporcionar. Cada uno se determinaba un rol, los más grandes eran generales y comandantes, o jefes. Y los otros subalternos, pero en cualquier rol éramos inmensamente felices.





jueves, 23 de febrero de 2017

Verdugo


Corre el año de 1402, en la China Imperial, bajo el dominio de Jianwen, son tiempos de bonanza pero también de traiciones.
Soy Zing Wang un artesano del sur del país, de un pequeño pueblo cerca de la costa. No, mejor dicho, soy un artista, y me están llevando, atadas mis manos a la espalda, al cadalso. Hoy voy a morir decapitado. Siento que es injusta esta pena que me han dado. Solo por realizar una obra tan exquisita, hoy camino al patíbulo. Sé que el verdugo Wang Lunges diestro en empuñar la espada y dar el mandoble, pero igual tengo miedo. Me sube un escalofrío de sólo pensar en este momento; el tiempo es muy laxo, y no pasa nunca. Mi cabeza piensa en estos momentos: le he dado todo al recaudador eunuco que llego a la casa a buscar los impuestos. Mi casa es pobre, tengo sólo lo necesario y tal vez alguna cosa que me han regalado por mi trabajo. Mi esposa es también pobre, dejo dos hijos que quién sabe de qué vivirán ahora que su padre no estará. Seguramente mendigarán por las calles pobres de Fuzhau, hasta que puedan entrar en el ejercito o aprender algún oficio.
Le di todo al recaudador, excepto esa piedra que me dejó el mercader extranjero que pasó con su caravana comprando piezas de porcelana, y que quiso todos mis jarrones. Decían que viene de los países de Europa. Habló mucho sobre sus viajes por el mundo conocido. Marco Polo dijo llamarse. Yo me sentí halagado por sus palabras sobre cada una de las piezas de porcelana que miró…Le gustaron mucho los grabados y pinturas que trazo con tanta pasión con los colores que preparo yo mismo. A cambio me regaló esa piedra opaca y sin pulir. Sentí atracción hacia ella y por eso le di todos mis cacharros. Pero no era plata, era sólo una piedra sin gran valor. Es azul y yo tengo una gran atracción por ese color, por eso preparo un azul que muchos dicen que es el azul del cielo, el azul de los dioses.
El recaudador me gritó porque yo no quise dársela.
Y aquí estoy subiendo las escaleras, y escuchando un silbidillo agradable que me hace aflojar el miedo. Dicen que es el verdugo que silba, para no tener miedo él también. Mi mente sigue pensando en cosas de la vida. El Emperador Hongwu ha muerto dejando a su nieto en el trono, lo cual enojó mucho a su hijo. Eso trajo mucha zozobra en el pueblo de Fuzhau, donde vivo, cerca de la costa del mar. Ese mar que amo y que trato de imitar en el color con el que pinto mis porcelanas. Con esa rica agua, con muchas sales y minerales, preparo mis pinturas con vegetales y raíces que extraigo de la tierra. Mis colores son muy brillantes, y otros alfareros vienen a buscarlos porque al pintar sobre la loza, se ven muy bien y las figuras de dragones y serpientes se parecen mucho a los verdaderos. Cada detalle es importante y los contornos más aún. Y el azul que preparo es casi como el color del mar en un día soleado y calmo. Ese azul celeste, encerado, cerúleo, que refleja al cielo es mi color favorito. El cielo y el mar en ese azul de toda la loza que esmalto.
Y mi mente me entretiene en estos pensamientos sin tomar en cuenta que pronto mi cabeza rodará por el suelo y ese cielo azul cerúleo se abrirá en mil pedazos de espejos estrellados, brillantes y recibirá toda mi vida como se acoge a un amigo, con alegría y con confianza. Así que decido levantar la cabeza y abrir los ojos. Justo en ese momento se produce el hecho pero ya nada tiene importancia. He muerto y el cielo es mío.






miércoles, 22 de febrero de 2017

El Deseo


Son las doce del mediodía. Hace un calor insoportable. La ventana está abierta y desde la escalera viene un aire infernal.
Estoy sentada en la mesa, pelando una naranja, que es mi desayuno preferido por la mañana, y miro pasar la gente en la costa con sombreros y sombrillas para atajar el sol. Suena un tango que me recuerda mi querido Buenos Aires. El aire es tan denso que derrite mi piel en transpiración, y mi alianza baila en el dedo anular como si se saliera. El cuarto está desordenado y sucio, hay un frasco tirado en el piso y es posible que ande por allí algún roedor. El tiempo se suspende y parece un regalo con moño de seda.
Recuerdo haber escuchado el secreto y desde entonces estoy como en vela. Sin reacción. Como una viuda sin esperanzas. Por eso, tomo mi talismán y lo apretó fuerte con las dos manos sobre mi pecho para que todo salga bien y se cumpla mi deseo.





domingo, 19 de febrero de 2017

Recuerdos de mi infancia en Sosa

Infancia en Estación Sosa

Me gusta mucho ir a Estación Sosa. Allí, los chicos somos muy felices. Es la casa de Abuela Leti y abuelo Julio. Sosa es un pequeño pueblo en la Provincia de Entre Ríos en la red vial.  La estación del ferrocarril está a unas pocas cuadras, caminando por la calle paralela a la vía desde el Almacén de Ramos Generales que tienen y atienden los abuelos. Los chicos jugamos a diferentes juegos, pero  son muy divertidos, terminamos cansados y felices. Todos los primos nos reunimos para las fiestas. Llegan los seis de Corrientes, los cuatro de Buenos Aires, y nosotros somos siete, más los tres que viven en Sosa. Allí el tiempo es laxo y el juego se transforma en una ceremonia para todos. Abuela cocina sus ricuras en el galpón, y está al pendiente de todo lo que queremos para complacernos. Recuerdo a mi abuela, su perfil recortado en la ventana, pelando papas sobre su falda en un fuentoncito de latón. Bien temprano, comenzaba con sus preparados para cocinar esas exquisiteces que saboreábamos con tanta fruición durante el día. Había cosas ricas para comer siempre, y su cocina estaba impregnada de olores y sabores increíbles. De niña, me gustaba estar con ella algunas horas del día, mirando su trabajo al cocinar. Solía darme consejos de cómo hacer tal o cual cosa. Y fue ella quién me enseñó a repulgar las empanadas de carne con mucho esmero para que salieran parejas. También fue abuela la que me enseñó a cortar el repollo finito para la ensalada. “Hay que tener bien afilado el cuchillo”, después es más fácil hacerlo. Me decía que para todo tenía que tener paciencia, en la cocina más aún, ya que algo crudo o duro o mal cocinado, provocaba desagrado. En esos tiempos la cocción era muy importante, no como ahora que hay otras herramientas y artefactos de cocina que ayudan mucho. Casi todo se hacía a mano: cortar, picar, amasar, batir. Son acciones de la preparación de los alimentos que era realizada en forma manual. Y había que saber cómo. Tal vez por ser niña mis recuerdos tienen un tamaño impresionante. Hoy, observo con asombro que los objetos que simbolizaban algo enorme, los veo pequeños. Pero eso es algo que a todos los niños nos pasa, y tal vez la historia también tenga esa variable. En mis recuerdos de la casa de mi abuela, todo era gigante y hasta los olores eran penetrantes e inundaban todos los recintos, llegando a mi nariz, a donde estuviera. Los días que más me gustaban, eran los de lluvia. Porque cuando llovía en Sosa, llovía mucho, fuerte y generalmente con truenos y tormenta. Mi abuela era muy miedosa, y si la tormenta era fuerte, nos hacía poner debajo del marco de la puerta, para que si caía algún rayo, no nos alcanzara. Esas ideas eran muy fuertes y nosotros le hacíamos caso, porque tenía mucha autoridad con sus dichos.  Esos días preparaba una exquisita masa suave y blanca, la cortaba con forma de pañuelitos y los freía en grasa caliente, los sacaba con una espumadera y así, los pasaba por un dorado y dulce almíbar y los cubría de unas granas de colores que eran una delicia. Calentitos, nos daba para comer. Otras veces hacía torta frita, las cuales eran grandes y redondas con dos agujeros en el medio, llegaban a mis manos como si fueran globos inflados. Esos olores y sabores aún permanecen en mi mente y sentir algo parecido me transporta al instante, al galpón/cocina de la abuela Leti, en  Estación Sosa.
Nos pasamos la infancia viajando desde Sauce Pintos, un pequeño poblado cerca de Paraná a la casa de mi abuela en Estación Sosa, porque mi padre había muerto y mi madre estaba sola con todos nosotros que éramos ocho niños bastante pequeños. Eran casi setenta kilómetros de caminos difíciles, y de huellas hondas y pantanos cuando llovía. Era una contingencia en sí misma, ir a ese lugar por esos caminos, y generalmente conducía uno de mis hermanos mayores que no tenían más de quince o dieciséis años. Mi madre nunca aprendió a manejar el rastrojero que dejo mi padre. Pero de alguna manera llegábamos a Sosa.  
Ese pueblo, era mágico. Recorrerlo era una aventura increíble. Todos los medios días, la abuela nos mandaba a lo de un viejito ciego, a quién ella enviaba la comida en una vianda. En el camino había dos enormes arboles de mora, que trepábamos para bajar algunas frutas y comer así, sin lavarlas y calientes. También íbamos a lo de la lavandera, creo que se llamaba Laponia. Era una señora gorda pero muy simpática. Vivía en un rancho grande con un gran árbol en el patio, que daba sombra y allí estaban todos los de la familia. Siempre tenía pan para convidarnos. Era un pan con gusto a humo, pero sabroso. Abuela nos decía que no le aceptáramos ese trozo de pan y no entendíamos porqué. Pero con el tiempo descubrí que era porque Laponia tenía muchos hijos y nietos que alimentar, y darnos pan a nosotros, era menos para esos niños. Yo siempre aceptaba el pan y me venía corriendo saboreándolo hasta llegar a la casa grande de la abuela.
Los veranos eran increíbles porque a veces íbamos al Maturrango, un arroyo donde disfrutábamos del agua. Miguel preparaba los caballos y el carro. Miguel era el peón de la casa. Venía muy temprano a la mañana y se iba a su casa a la nochecita. Nunca entendí bien esa relación, ya que Miguel Leñaró, era como de la familia. Siempre con uno de nosotros en los brazos y ayudando en las tareas de la casa. Si había que prender el horno de barro, ahí estaba Miguel; si había que armar el carro, Miguel lo hacía. Barría el patio y limpiaba las ramas y las hojas que caían con las tormentas y el viento. Para ir al Maturrango, la abuela Leti preparaba con antelación todo lo que íbamos a comer y nosotros, felices, nos poníamos la malla, el sombrero y listo. El viaje era largo, a la siesta, por caminos de huellas hondas. Cuando llegábamos, abuela elegía el mejor árbol del lugar para preparar el picnic, y allí bajaban todas las canastas y bolsas con enseres y comida. Nosotros corríamos hasta el agua y nos dábamos un panzazo. El agua del arroyo era de color marrón, porque su fondo era de tierra. Así que pisar ese barro nos daba alguna sensación rara al principio, pero rápidamente se nos pasaba y jugábamos en flotando en grandes cubiertas infladas que  utilizábamos como botes. Pasábamos la tarde entre el agua y la merienda que nos daba mi abuela, en la cual no faltaban tortas azucaradas, galletas con pasas y botellitas de colas  que vendían en el almacén. Me acuerdo de una que se llamaba Bidú. No recuerdo que nos dieran leche. Si agua y jugos caseros deliciosos. Recuerdo verla a mi abuela sentada sobre una manta mirándonos como jugábamos y preparando los platos llenos de tortas y galletas para que nos sirviéramos cuanto quisiéramos. Ella nos miraba mientras calentaba en un fueguito, que le hacía Miguel, un poco alejado del lugar, para que tomara unos mates. Después juntaba flores y semillas del monte. Nos gustaba caminar por los alrededores mirando los musgos, los hongos y las mariposas. Pasábamos una tarde increíble, y volvíamos embarrados y felices.
Creo que las madres, se quedaban charlando de sus  cosas y abuela nos llevaba al Maturrango. No tengo recuerdos de mi madre con nosotros en el arroyo. Si de mi abuela y algunas de sus criadas cuidándonos a todos los chicos en el arroyo. Recuerdo el sombrero de paja que tenía, con una cinta estampada que colgaba por atrás. Eso la dejaba muy glamorosa y elegante. Era una mujer distinguida. Los días pasaban tan rápidos que las vacaciones se terminaban y había que regresar cada uno a sus lugares. Pasaría un año antes de volver a vernos los primos. Y así fuimos creciendo. Pero un día la abuela se enfermó y se murió. Yo no recuerdo los detalles porque posiblemente nadie nos contó nada. En esa época a los niños nos ocultaban casi todo. Nos enterábamos por alguna casualidad o porque ya había pasado lo peor. La casa nunca volvió a ser la de antes. Se terminaron los olores y las ricas comidas. Cerraron el almacén y abuelo Julio se enfermó de tristeza. La casa parecía sin vida, silenciosa. Todos fuimos creciendo, y ya no nos reuníamos más. En dos años, abuelo Julio también murió, y Sosa dejo de ser el lugar encantado de mi infancia. Yo también había crecido y esa diferencia era insuperable. 
Ahora esos recuerdos se agolpan en mi mente queriendo salir convertidos en palabras que bailan en los renglones y saltan de un lugar a otro. Hay una algarabía, tal como era en ese entonces cuando nos decían: prepárense, nos vamos a Sosa!. Pero sé que nada se recupera, excepto en los recuerdos, y por eso escribo estos relatos, para no olvidar esos tiempos felices de la infancia donde la abuela Leti y Estación Sosa fueron vivencias imborrables que de alguna manera hay que preservar para nuestros hijos, y nietos.





sábado, 18 de febrero de 2017

Recuerdos, olvidos y ficciones de la niñez


Era una forma de mantener la conversación con mi anciana madre, recordar los bellos momentos de mi niñez. Bah, en realidad nuestros recuerdos se transforman en "bellos" por obra y gracia de nuestra imaginación. No todos los recuerdos que perduran en nuestra memoria son bellos. Algunos son de miedo, de enojo, y muchos de alegría. Nuestra mente selectiva, recuerda sólo algunos de ellos, tal vez los que nos gustan más. Igualmente, como mi madre tiene Alzheimer, los recuerdos son bellos, alegres y muchas veces imaginarios. La idea es que pueda sonreír y estar mejor. Igualmente pueblan sus recuerdos personas, parientes e individuos que ya no están entre nosotros.

Mami y yo en su etapa final 





12 Palabras

Son las doce del mediodía. Hace un calor insoportable. La ventana está abierta y desde la escalera viene un aire infernal.
Estoy sentada en la mesa, pelando una naranja, que es mi desayuno preferido por la mañana, y miro pasar la gente en la costa con sombreros y sombrillas para atajar el sol. Suena un tango que me recuerda mi querido Buenos Aires. El aire es tan denso que derrite mi piel en transpiración, y mi alianza baila en el dedo anular como si se saliera. El cuarto está desordenado y sucio, hay un frasco tirado en el piso y es posible que ande por allí  algún roedor. El tiempo se suspende y parece un regalo con moño de seda.

Recuerdo haber escuchado el secreto y desde entonces estoy como en vela. Sin reacción. Como una viuda sin esperanzas. Por eso, tomo mi talismán y lo apreto fuerte con las dos manos sobre mi pecho para que todo salga bien y se cumpla mi deseo.





miércoles, 15 de febrero de 2017

Vacaciones en Sosa



            Es febrero y hace calor. Recién amanece y camino hacia el galpón donde está mi abuela. Hay humo y la luz se cuela por los bordados de la cortina de la ventana del frente. Ahí está sentada, en una silla de madera y esterilla, con su delantal sobre la falda. Su perfil se recorta y su nariz aguileña se ve con la luz. Su cabello blanco y ondulado es corto, grueso y abundante. Sus piernas tienen problemas y por eso casi siempre está sentada. Desde esa posición dirige la casa y sobre todo, cocina. Allí aprendí a hacer masas, empanadas, pastelitos de dulce, huevos rellenos y muchas cosas ricas caseras. No consultaba ningún libro. Nunca vi uno, sólo tenía en su cabeza las recetas, las cantidades y algún secretito que me lo decía al oído, con picardía. Las hoyas humeaban al hervir. A veces había sólo agua, otras muchas, dulces de higos, o zapallo, o salsas, o guisos jugosos. Los olores son un punto especial. Se confundían con el humo y eran siempre deliciosos. Los dulces y los salados. Abuela tenía un horno de barro afuera de la casa donde horneaba sus empanadas o pollos o tortas y galletas con pasas. Miguel era el hombre que le preparaba el fuego y luego sacaba todo y dejaba el horno listo para que abuela pusiera sus manjares. Recuerdo una vez que hizo pollos al horno y contó cuantas pechugas y patas muslos querían sus nietos y a partir de ese dato, mató y cocinó pollos para que todos pudieran comer la presa que más le gustaba. Era muy abuela, mi abuela Leti.
            Sosa es una vieja estación de ferrocarril, y allí Vivian los abuelos maternos, tenían un almacén de ramos generales. Era una alegría ver pasar los largos trenes y esperábamos la zorra, que indicaba que venía una locomotora, moviendo las vías y verificando que todo estuviera en condiciones. El jefe de la estación nos saludaba con la mano y todos  levantábamos nuestros brazos indicando que lo veíamos y respondíamos. Nuestra niñez en Sosa, fue muy feliz. Los primos venían de Corrientes y Buenos Aires, y con nosotros y los que vivían en Sosa, éramos un batallón. Las madres se la pasaban charlando entre ellas, hermanas y cuñadas. Y nosotros, los primos, jugando todo el día y a veces hasta altas horas de la noche, en que caíamos rendidos a dormir.
Por eso me gustaba levantarme temprano y caminar hasta el galpón donde mi abuela preparaba, desde su silla el desayuno para todos. Tomaba mate dulce en un jarrito enlozado color azul con puntitos blancos que estaba bastante cachado, y a mí me gustaba cuando me lo daba con leche bien azucarada. Tengo entre mis recuerdos ese sabor suave y dulce del mate de leche que me daba mi abuela. Así crecimos, yendo cada fin de semana a Sosa con mi madre y mis hermanos. Eran tiempos de mucha pobreza, pero mis abuelos lograban sacarnos la tristeza con sus historias y la alegría que sentían al vernos llegar.

Cuando murió mi padre, yo tenía nueve años, mi mami sintió mucha tristeza y si bien, estaba esperando su octavo hijo, fue un momento que cambió nuestras vidas para siempre. La abuela siguió con su rutina de cocinar y enseñarme sus secretos pero todo cambió. La vida comenzó a darnos sus primeros mazazos, que algunos no entendíamos muy bien, y a otros nos bloqueaban hasta dejarnos sin habla. Eso me pasó a mí. Cuando murió mi padre, no comprendí muy bien lo que pasaba. Al morir mi abuela Leti, quedé sin habla. Luego murió mi abuela Ana, con la que también tenía un vínculo estrecho y  poco tiempo después,  murió mi abuelo Julio que fue algo que no podré olvidar porque se murió de tristeza al perder a la abuela Leti. Y después la vida nos dio el mazazo de gracia. Murió mi hermana Rosario. Ese fue el final de muchas cosas, yo tenía quince años apenas. Es decir desde los nueve a los quince, la muerte fue como una sombra negra en todos nosotros. 


martes, 14 de febrero de 2017

Amanecer temprano

Hoy me desperté muy temprano, y decidí levantarme. Me preparé el mate y disfruté de esos momentos de meditación que realizo por la mañana al despertar. Parece que es una mañana cálida, y sin viento ni brisa. El aire es suave y aterciopelado como un paño afelpado, se siente muy sensual. Me gusta sentir la mañana con ese olor a humedad y flores frescas intensas de colores y sabores. Corto una ramita de menta para mi mate,  y la huelo penetrante y profunda. Me encanta la menta. Es mágica por el sabor largo que deja en la boca. Pero también me gusta en la cocina, en las empanadas árabes. Son una exquisitez con menta fresca y recién horneadas. Hace mucho que no hago esa receta que tanto me gusta y es el deleite de mi hija y mis amigos, Uno de estos días las haré, e intentaré hacer también la masa casera. Es tan rica cuando dorada y crujiente se rompe en la boca, estallando en sabores intensos dónde la menta es uno de los que aparece sutil, pero intenso y profundo.

Empanadas árabes 

Menta fresca


lunes, 13 de febrero de 2017

Dormir sin problemas..


       Hoy me desperté a las 10:15 hs. una hora bastante avanzada de la mañana que no me alteró en nada mi vida cotidiana. Me gusta despertar cuando abro los ojos, y no frente al sonido de un despertador. Igualmente aveces creo que debería buscar alguna forma de despertarme más temprano, sólo por el hecho de que la mañana es muy estimulante para mí en particular. Siento una energía renovada, y ganas de hacer muchas cosas que con el avance del día se va aflojando.
Hoy me desperté después de las 10 y tranquilamente preparé mi matecito, y aquí estoy leyendo los diarios, los textos que me interesan y escribiendo un poco sobre las cosas que pasan sin pena ni gloria, en esta vida mía.
La vida es algo intangible que sólo valoramos cuando la vemos en peligro. La cultura debería enseñarnos a quererla más y a disfrutar de cada momento con mayor intensidad. Por eso estoy disfrutando mucho de hacer lo que me gusta sin tanto pensar y sobre todo pensar que pensarán los Otros de eso que yo hago. Es mi vida y quiero hacer con ella lo que me place sin tanto pensar si está bien o está mal.



domingo, 12 de febrero de 2017

Y comenzo el carnaval

Anoche, en la localidad de Dolavon, comenzó el Carnaval con el desfile, en la calle principal, que se transforma en corsodromo.
Desde temprano llegaba la gente y se ubicaba en las plazas y lugares de esparcimiento de la ciudad. Muchas familias con sus hijos disfrutando de un dia con una temperatura increíble para nuestra Patagonia, que oscilo los 34 grados.
Fue una experiencia inolvidable que se vivió en Dolavon, "Corazón del Valle". Esta ciudad que se encuentra a treinta Km de Trelew, donde su gente se conoce toda, se saludan y comparten sus ilusiones y esperanzas, se volcó  a las calles del pueblo a disfrutar de la hermosa noche y del brillo y las plumas de los trajes del carnaval. La música se escucho hasta pasadas las 5 de la mañana y ahora, hay un silencio inusual en el pueblo. Son apenas las 08:15 hs.
Al promediar el evento, me acerqué a uno de los puestos de venta de choripan, hamburguesas, y panchos y pedí un tradicional choripan con chimichurri y una cerveza. Muy bueno!
La gente se agolpaba a los puestitos  a elegir su comida y su bebida. Se sentía un clima de alegría y bienestar. Eso es muy importante en estos tiempos donde el pueblo se siente castigado por las medidas económicas que lleva adelante el gobierno que solo benefician a la clase alta y sacan a los trabajadores sus derechos adquiridos. Así que la percepción de felicidad, alegría y bienestar, se sintió a lo largo de todo el evento y es algo muy importante para todos.


sábado, 11 de febrero de 2017

Comienza el Carnaval en Dolavon



Dolavon es una pequeña, pero antigua, población del valle del rio Chubut, Su casco céntrico denota su pasado histórico rico en narraciones de inmigrantes galeses cosechando trigo y organizando la cooperativa que tenía sede en la localidad. La Mercante. Hasta allí llegaba el Ferrocarril Central del Chubut, y aún se conserva la estación. Sus casas firmes y robustas,  custodian con altivez  las calles y avenidas. El canal de riego mayor divide al pueblo en dos y sus norias siguen dando vueltas, más como un objeto decorativo que recuerda el pasado, que cumpliendo alguna función especifica. Cien años son muchos, y el pueblo se ha transformado, pero esas casas y sus edificios antiguos siguen mostrando con esplendor  lo que fueron y lo que aún son y pueden dar.
Hoy, hay un jefe de gobierno joven. Hijo de esa tierra promisoria, descendiente de esos valientes y aventureros galeses  que se largaron a cruzar el mar y venir a la patagonia a vivir en paz. Hoy comienza el carnaval, una fiesta popular, que en Dolavon tiene su presentación anual impostergable. Son los carnavales del valle y los más importantes de la zona en Chubut.
Voy a ir. El año pasado fui por primera vez. Esta vez voy porque realmente quiero hacerlo. El pueblo todo se viste de fiesta, y se engalana con sus mejores ideas, luces y colores, pero sobre todo con el sentimiento de alegría y vocación,  para brindar a los participantes ese afecto y compañerismo propios de la gente franca del valle. Aquí se pueden degustar los mejores chorizos de la zona, exquisitos quesos y dulces, como así también otras artesanías que realizan con mucho esmero, esperando esta fiesta popular.
Me gusta observarlos con qué orgullo se preparan. Me gusta verlos saludar a todos y ofrecer su ayuda e información. Son los dolavenses que sienten esta fiesta propia y se apropian de ella para seguir llevándola en el corazón.  Hoy comienzan los carnavales, los corsos en Dolavon... te los vas a perder??'



viernes, 10 de febrero de 2017

Mis mañanas


Abro los ojos y siento que aún es temprano. Los vuelvo a cerrar. Hago fiaca. Veo cuanta luz entra por la rendija de la ventana. Depende de eso es que pienso que hora podrá ser. Y tal vez intento volver a abrir los ojos. Tengo modorra. Escucho los ruidos. En general, trinan los pájaros si ya amaneció. Algún ruido de autos circular. Alguna conversación a lo lejos. Pero me tomo unos minutos para despertar. Medito en silencio y aquieto mi mente. Son minutos gloriosos de nada y todo al miso tiempo. Me relajo y estiro todo mi cuerpo. Muchos años salté de la cama al baño muy temprano. Ya no quiero más eso. Sólo abrir los ojos y agradecer un nuevo día, con tranquilidad. Y sentir que mi mente se aquieta y ordena sin nada que la ocupe.
Hoy es un día de sol, aun que algunas nubes se ven el cielo claro. Igual me levanto, tomo mi pastilla con uno o dos vasos de agua y preparo el mate. Pongo la jarra de agua a calentar y me voy al baño. Para cuando vengo a la cocina, el agua ya está y sirvo un mate calentito. LLeno el termo y me voy a mi compu a leer y escribir.


jueves, 9 de febrero de 2017

La cocina de la Nona

Hoy es uno de esos días en que aparecen muchos recuerdos de la infancia. Mi nona Leti. La nona que me enseño a cocinar y el placer de hacer las cosas con amor. La recuerdo en el galpón, que usaba de cocina, sentada en una silla de esterilla, baja, sobre la ventana que daba a la calle, donde no se perdía nada de lo que pasaba allí, y sobre la mesa amasando, repulgando empanadas, armando bollos o pastelitos. Mi abuela tenía el pelo corto y entrecano. Usaba anteojos de marco negro y era una mujer que se levantaba muy temprano a cocinar. Preparaba el desayuno con pan fresco, escones, y galletas con dulce, que también preparaba ella. Recuerdo esos momentos entre el humo de la mañana y el olor a masa en esa cocina, y mi abuela sentada con su delantal cubriendo sus piernas contándome lo que prepararía ese día. Mis recuerdos de la abuela Leti son casi todos en la cocina, enseñándonos a cocinar. Tengo el olor y el sabor de esos manjares impregnados en mi mente, y el humo de ese lugar con grandes cacerolas de hierro, hirviendo dulces y conservas. El olor a pan recién horneado y esas empanadas grandes y sabrosas que hacía. Las fiestas eran un banquete increíble. Hacían huevos rellenos, mayonesas de ave, pollos y pavos rellenos con nueces, pasas y perejil con ajo. Mi abuela tenía olor rico a comida casera. Teníamos una relación increíble. Una vez, recuerdo, le peiné tanto el pelo mientras hacía que dormía una siestita, que el peine se enredó y hubo que cortarle el pelo para poder sacárselo de la cabeza. La nona, no se enojó, solo me dijo que eso no se hacía, y listo. Ir a la casa de mis abuelos en Sosa, era lo mejor que nos podía pasar. Ni bien llegábamos nos íbamos a jugar a los árboles o a las higueras del fondo. Era una manzana completa, donde un la mitad, estaba la casona y el almacén, los galpones y sobre la calle de lo Brondi, el galpón con bolsas y fardos. El almacén era un lugar especial, Allí estaba, en su rincón, el abuelo Julio, con sus libros de contabilidad. Leía mucho la Prensa y tal vez algún libro, No recuerdo bien que leía, Pero allí estaba toda la mañana y parte de la tarde. Recuerdo a mi abuelo parado en la puerta del almacén, con su bastón, sus anteojos redondos, y su pipa. Era flaco y alto, blanco, rubio, de nariz prominente, y ojos muy lindos. Yo quería mucho a ese abuelo que siempre sacaba del bolsillo unos caramelitos y me los daba en secreto y sin que nadie se diera cuenta.
Ahora que han pasado los años y los recuerdos se agolpan en mi mente desordenados y placenteros, intento una secuencia para poder dejarlos por escrito para todos los que quieran leerlos.