martes, 28 de febrero de 2017

Recuerdos de mi infancia

Comencé a escribir mis recuerdos
Me gustaría contar cómo fue mi niñez, pero seguramente antes de eso deberé ponerlos en contexto para que puedan comprender la dimensión de lo que les pueda narrar. Intentaré hacerlo de una manera simple, sin vueltas, lo más llano que pueda escribir.
Nuestra niñez fue algo maravilloso. Éramos ocho hermanos que disfrutaban de crecer juntos en una casa de campo a 25 km de la ciudad capital: “La Santa María” que se erguía sobre la Cuchilla Grande de Montiel a 2 Km de un poblado en Entre Ríos. Las cuchillas son elevaciones, especie de lomadas encadenadas,  que se extienden de Norte a Sur en las provincias mesopotámicas, de no más de 100 metros de altura. Son lomadas suaves, verdes y parejas. Sobre la cuchilla grande de Montiel, está construida “La Santa María”.
Sauce Pintos, así se llama mi pueblo, se encuentra en el Distrito Espinillo del Departamento Paraná. Aún hay una controversia sobre su nombre, ya que muchos le dicen Sauce Pinto, sin la ese final. A decir verdad, la primera familia y dueña de esos terrenos fue la familia Pintos. El nombre compuesto por la denominación del arroyo El Sauce, que corre por esas tierras y el apellido de la primera familia en habitar esos pagos, da el nombre a la localidad. Por eso me gusta pensar que es Sauce Pintos. Esta población está  diseñada en tres calles paralelas y dos perpendiculares,  sin nombres. La escuela Provincial N°33 está ubicada justo en la manzana del centro del pueblo. Frente a ella, en media manzana, se erige la capilla católica Virgen de Luján. Y todo alrededor las casas de los pobladores. Algunos son chalecitos, otras casitas bajas. En la calle principal, que no tiene nombre, en la punta Este está el almacén de la familia Garberi; y en la punta Oeste se encuentra el almacén de la familia Dellizzotti. En la misma calle, justo a la mitad y frente a la manzana de la escuela, se encuentra la Oficina del Teléfono Público. Y frente al almacén de Dellizzotti está la Estafeta del correo que atiende doña Chela. A dos kilómetros hacia el sur se levanta “La Santa María”.  Allí nací y me crie con mis hermanos.
“La Santa María” es una vieja casona de techo de chapa a dos aguas, que se erige de Norte a Sur. Dos grandes galerías de baldosas rojas, daban sobre el Este y el Oeste y allí mi madre tenía todas las macetas con sus plantas. La entrada a la casa era una tranquera de madera, y un camino en subida que llegaba a un bosquecito de tipas enormes y frondosas. En la primavera el camino se llenaba de flores quedando como un tapiz salpicado en oro. Luego había una puerta de caño y alambre, ese que parece un  nido de abejas, de dos hojas, por donde se ingresaba a la casa propiamente dicha. Ese trayecto tenía unos cincuenta metros en subida y el final se encontraba esa magnífica casa de campo con su cartel sobre la pared, en chapa esmaltada azul y letras blancas donde se leía su nombre. La Santa María. Mis padres la compraron y ya tenía ese nombre y cómo nosotras, las mujeres de la casa éramos tres Marías, creo que les gustó o fue casualidad y se lo dejaron. A la casa se ingresaba por la zona Oeste, por la galería al comedor de diario. Y de allí se distribuían el resto de las habitaciones. Un comedor de recibo, con el juego de comedor provenzal de color oscuro de petiribi  y un baúl de madera muy antiguo pintado de azul cobalto muy oscuro. Desde ese lugar se pasaba a los dormitorios que daban al sur. Los tres dormitorios se comunicaban entre sí con el del medio. Tenían grandes ventanales de madera con postigos y rejas por fuera. Desde allí se veían los árboles, las palmeras centenarias y el jardín. Dos de esos dormitorios tenían una puerta que daba a las galerías. Cuando hacía calor esas puertas se abrían para crear corriente en las noches de verano, y hacer más fresca las habitaciones. Era una casa hermosa, grande, luminosa. Desde esa altura se veían los campos verdes y los sauces del arroyo. Me gustaba subir al techo y sentarme en la cumbrera, la vista desde ese lugar era magnifica, aun la tengo grabada en mi memoria tan nítida que con solo cerrar los ojos puedo sentir el aire sobre mi cara, o los rayos del sol sobre mi cabeza.  
Recuerdo de niña, dormía con mi hermana Rosario, a quién decíamos Pili, y con Ester, una ahijada de mi mamá que se crió con nosotros. Indefectiblemente mi hermana mayor dormía en la cama el medio de la habitación porque, sobre la ventana o sobre la puerta de la galería, sentía miedo. Así que a mí me tocaba dormir sobre la ventana y era un placer mirar para afuera, escuchando los grillos y las chicharras cantar, ver las estrellas y la luna nocturna iluminar con sombras todo el paisaje, especialmente en las noches de verano. Era placentera esa hora para pensar e imaginar historias con las sombras revoloteando con el vuelo de algún ave nocturna o algún murciélago, que solían pasar cerca de mi ventana volando de una palmera a la otra.
La casa tenía una gran arboleda, con una entrada de tipas, varias palmeras datileras centenarias, muchos paraísos, algunos jacarandás y un alcanforero. También recuerdo que había algunos árboles frutales grandes y viejos, un ciruelo, y un guindo, que yo recuerdo. Era una casa que había quedado abandonada por mucho tiempo así que las plantas y los arboles estaban viejos y deteriorados por falta de cuidados. Hubo que poner mucho trabajo para que volviera a estar verde y acogedora. Como a mi padre, Cayetano, le gustaban mucho los árboles, plantaba todo el tiempo diferentes especies. También planto un sector con citrus y una enorme huerta de verduras. Nosotros, aún pequeños,  le ayudábamos en todo lo que podíamos, y elegíamos entre todos los lugares para plantar cada árbol. La huerta llevaba mucho tiempo entre desmalezar y regar. Mi padre llegaba de la escuela y se iba a ese lugar. Regaba con un carrito aguatero que tenía un tambor con agua. Todos esos recuerdos se agolpan en mi mente y quieren salir a la luz, bailando en palabras por el renglón, y son tan potentes, que se desorganizan todas y tengo que hacer un alto para ordenar mi cabeza.
Mi madre siempre estaba atendiendo cosas de la casa. Éramos muchos para todo. La comida y ordenar las camas. Limpiar la casa. Barrer el patio. Siempre estaba haciendo algo. Eran tiempos de zurcidos y costuras, de mantener la ropa en condiciones. Había pobreza, pero una pobreza digna, de personas limpias, y prolijas. Nosotras ayudábamos adentro de la casa, los varones afuera. Esa era lo que se hacía. Era algo instituido. Mujeres adentro de la casa, varones afuera y cosas pesadas.
Los dos eran maestros en la escuela del Pueblo. Mi padre el director y mamá una de las maestras. Y nosotros asistíamos a esa escuela. En mi primer año, me tocó mi papá de maestro. Fue raro tener que decirle: Sr.  Ruberto al papá de uno. Pero en esos tiempos era así, y se aceptaba sin preguntar. Tengo recuerdos de ese día. Mi padre tenía mucha autoridad, pero era muy sabio y suave para enseñar a sus alumnitos. Lo amé tanto como padre como maestro. Nos contaba historias maravillosas y sabía tanto de las estrellas y de la naturaleza que nos cautivaba a todos.  
Mis recuerdos de cuando Vivían mis padres juntos y éramos una familia entera no son muchos. Pero algunos son muy fotográficos y nítidos. Admiro a mis hermanos que tienen una memoria increíble, sobre todo a Julio, que es un año mayor que yo, porque se acuerda con una facilidad asombrosa de cada uno de los acontecimientos que vivimos. Yo sólo tengo algunas imágenes fieles a lo pasado y muchas re narradas por mi memoria para la supervivencia de los recuerdos.
Igualmente esa casa que con el tiempo fue cambiando y de estar llena de vida pasó a quedar sola y casi derruida, en pocos años es un hito sólido y resistente  en nuestra vida, me atrevo a decir de todos los hermanos,  como sujetos y como familia.
Mientras fuimos chicos nos encantaba salir de expedición. Eso significaba salir de la casa, atravesar cuatro campos, cruzando los alambrados y llegar al arroyo El Sauce. Mi madre nos visualizaba desde la casa por la altura en que esta se encontraba. Un lugar increíble y virgen, el cual disfrutábamos jugando y armando casas y fogones. En verano nos metíamos al agua, en alguna playita baja. El fondo era de arena rojiza según mi recuerdo, y había mojarritas que nos gustaba pescar. Eran tiempos felices, y no recuerdo tener preocupaciones, si bien, mi madre ya había quedado viuda, embarazada de mi hermano Javier. Cuando mi madre nos autorizaba, nos pedía que lleváramos una caña con un banderín en la punta, de tal manera que ella supiera dónde estábamos ubicados y de esa manera se quedaba tranquila. En general íbamos con Julio, y mis hermanos mellizos, a veces también iba Javier, mi hermano menor que era muy mimado. Nos organizábamos con mochilas de lona, que no sé quién las habría traído a la casa, pero que nos servían para llevar todo lo necesario. Los alimentos, que generalmente eran tortas o galletitas y saquitos de té y azúcar para tomar en el arroyo. Mi hermano Julio era el encargado de hacer el horno en la barranca, y el fuego para calentar el agua. Tenía todo lo necesario para hervir el té y servirlo en jarros de lata, bien azucarado. Mientras nosotros jugábamos en el agua o buscábamos mariposas o bichos, y veíamos pájaros en los sauces llorones que caían sobre el cañadón. Recuerdo esos momentos de mucho sol y las chicharras cantando en la siesta del arroyo mientras nosotros jugábamos en el agua. A mi me gustaba ver las flores y las cortaba para llevárselas a mami. No había consciencia del cuidado del medio ambiente,  pero sin saberlo nosotros no hacíamos basura. Al contrario, siempre que podíamos limpiábamos el lugar para que sea apto para la próxima vez que fuéramos. Esas expediciones eran increíbles, volvíamos felices, cansados y llenos de historias para contar y compartir.
Añoro esos tiempos en que disfrutábamos de eso paseos como lo más divertido de las vacaciones de verano.
En invierno, era más difícil salir, pero a veces lo hacíamos igual. Nos emponchábamos hasta las orejas y salíamos al arroyo. El paisaje era diferente, y el té más sabroso porque hacía frio. Muchas veces teníamos sabañones en los dedos que nos dolían y se lastimaban. Era el frio lo que los provocaban porque la sangre se congelaba, eso decían las doñas, la piel se hinchaba y picaban mucho. Uno se rascaba y se lastimaba. Ahora ya no hay más sabañones, las casas tienen mejor  calefacción y eso influye mucho.
Las siestas también eran hora de juegos. Jugábamos siempre. Con Julio teníamos varias casitas donde hacíamos fueguitos y en latitas de atún o arvejas hervíamos huevos de gallina o arroz, que nos daba mi mamá. Yo siempre cocinaba y también jugábamos a hacer programas de televisión. Yo preparaba la comida y mis hermanos mellizos, arriba de un árbol, hacían de camarógrafos. Lo que es la vida. Ellos trabajan actualmente en ese rubro, y a mí aún me encanta cocinar, y no descarto hacerlo de otra manera.
También teníamos un tanque australiano, pero no de chapa, sino de paneles de cemento. Era algo diferente, pero perdía mucha agua, así que lo usábamos con poca agua. Igual nos divertíamos mucho allí. También íbamos a un árbol imponente, o eso me parecía a mí, que era la cina cina. Una especie de tamarisco que se ubicaba en el alambrado con la familia Pintos, allí jugábamos mucho. A veces la cina cina era un avión, a veces un barco, o simplemente la casita con sus pisos. Subíamos a ese árbol y desde allí podíamos pasar horas y horas inventando historias de piratas y platos voladores. Su tronco era grueso y rugoso, lleno de nudos y sus grandes ramas eran un laberinto de otras más pequeñas que usábamos de apoyo para no caer.  Allí inventamos las mejores historias que la imaginación nos podía proporcionar. Cada uno se determinaba un rol, los más grandes eran generales y comandantes, o jefes. Y los otros subalternos, pero en cualquier rol éramos inmensamente felices.





jueves, 23 de febrero de 2017

Verdugo


Corre el año de 1402, en la China Imperial, bajo el dominio de Jianwen, son tiempos de bonanza pero también de traiciones.
Soy Zing Wang un artesano del sur del país, de un pequeño pueblo cerca de la costa. No, mejor dicho, soy un artista, y me están llevando, atadas mis manos a la espalda, al cadalso. Hoy voy a morir decapitado. Siento que es injusta esta pena que me han dado. Solo por realizar una obra tan exquisita, hoy camino al patíbulo. Sé que el verdugo Wang Lunges diestro en empuñar la espada y dar el mandoble, pero igual tengo miedo. Me sube un escalofrío de sólo pensar en este momento; el tiempo es muy laxo, y no pasa nunca. Mi cabeza piensa en estos momentos: le he dado todo al recaudador eunuco que llego a la casa a buscar los impuestos. Mi casa es pobre, tengo sólo lo necesario y tal vez alguna cosa que me han regalado por mi trabajo. Mi esposa es también pobre, dejo dos hijos que quién sabe de qué vivirán ahora que su padre no estará. Seguramente mendigarán por las calles pobres de Fuzhau, hasta que puedan entrar en el ejercito o aprender algún oficio.
Le di todo al recaudador, excepto esa piedra que me dejó el mercader extranjero que pasó con su caravana comprando piezas de porcelana, y que quiso todos mis jarrones. Decían que viene de los países de Europa. Habló mucho sobre sus viajes por el mundo conocido. Marco Polo dijo llamarse. Yo me sentí halagado por sus palabras sobre cada una de las piezas de porcelana que miró…Le gustaron mucho los grabados y pinturas que trazo con tanta pasión con los colores que preparo yo mismo. A cambio me regaló esa piedra opaca y sin pulir. Sentí atracción hacia ella y por eso le di todos mis cacharros. Pero no era plata, era sólo una piedra sin gran valor. Es azul y yo tengo una gran atracción por ese color, por eso preparo un azul que muchos dicen que es el azul del cielo, el azul de los dioses.
El recaudador me gritó porque yo no quise dársela.
Y aquí estoy subiendo las escaleras, y escuchando un silbidillo agradable que me hace aflojar el miedo. Dicen que es el verdugo que silba, para no tener miedo él también. Mi mente sigue pensando en cosas de la vida. El Emperador Hongwu ha muerto dejando a su nieto en el trono, lo cual enojó mucho a su hijo. Eso trajo mucha zozobra en el pueblo de Fuzhau, donde vivo, cerca de la costa del mar. Ese mar que amo y que trato de imitar en el color con el que pinto mis porcelanas. Con esa rica agua, con muchas sales y minerales, preparo mis pinturas con vegetales y raíces que extraigo de la tierra. Mis colores son muy brillantes, y otros alfareros vienen a buscarlos porque al pintar sobre la loza, se ven muy bien y las figuras de dragones y serpientes se parecen mucho a los verdaderos. Cada detalle es importante y los contornos más aún. Y el azul que preparo es casi como el color del mar en un día soleado y calmo. Ese azul celeste, encerado, cerúleo, que refleja al cielo es mi color favorito. El cielo y el mar en ese azul de toda la loza que esmalto.
Y mi mente me entretiene en estos pensamientos sin tomar en cuenta que pronto mi cabeza rodará por el suelo y ese cielo azul cerúleo se abrirá en mil pedazos de espejos estrellados, brillantes y recibirá toda mi vida como se acoge a un amigo, con alegría y con confianza. Así que decido levantar la cabeza y abrir los ojos. Justo en ese momento se produce el hecho pero ya nada tiene importancia. He muerto y el cielo es mío.






miércoles, 22 de febrero de 2017

El Deseo


Son las doce del mediodía. Hace un calor insoportable. La ventana está abierta y desde la escalera viene un aire infernal.
Estoy sentada en la mesa, pelando una naranja, que es mi desayuno preferido por la mañana, y miro pasar la gente en la costa con sombreros y sombrillas para atajar el sol. Suena un tango que me recuerda mi querido Buenos Aires. El aire es tan denso que derrite mi piel en transpiración, y mi alianza baila en el dedo anular como si se saliera. El cuarto está desordenado y sucio, hay un frasco tirado en el piso y es posible que ande por allí algún roedor. El tiempo se suspende y parece un regalo con moño de seda.
Recuerdo haber escuchado el secreto y desde entonces estoy como en vela. Sin reacción. Como una viuda sin esperanzas. Por eso, tomo mi talismán y lo apretó fuerte con las dos manos sobre mi pecho para que todo salga bien y se cumpla mi deseo.





domingo, 19 de febrero de 2017

Recuerdos de mi infancia en Sosa

Infancia en Estación Sosa

Me gusta mucho ir a Estación Sosa. Allí, los chicos somos muy felices. Es la casa de Abuela Leti y abuelo Julio. Sosa es un pequeño pueblo en la Provincia de Entre Ríos en la red vial.  La estación del ferrocarril está a unas pocas cuadras, caminando por la calle paralela a la vía desde el Almacén de Ramos Generales que tienen y atienden los abuelos. Los chicos jugamos a diferentes juegos, pero  son muy divertidos, terminamos cansados y felices. Todos los primos nos reunimos para las fiestas. Llegan los seis de Corrientes, los cuatro de Buenos Aires, y nosotros somos siete, más los tres que viven en Sosa. Allí el tiempo es laxo y el juego se transforma en una ceremonia para todos. Abuela cocina sus ricuras en el galpón, y está al pendiente de todo lo que queremos para complacernos. Recuerdo a mi abuela, su perfil recortado en la ventana, pelando papas sobre su falda en un fuentoncito de latón. Bien temprano, comenzaba con sus preparados para cocinar esas exquisiteces que saboreábamos con tanta fruición durante el día. Había cosas ricas para comer siempre, y su cocina estaba impregnada de olores y sabores increíbles. De niña, me gustaba estar con ella algunas horas del día, mirando su trabajo al cocinar. Solía darme consejos de cómo hacer tal o cual cosa. Y fue ella quién me enseñó a repulgar las empanadas de carne con mucho esmero para que salieran parejas. También fue abuela la que me enseñó a cortar el repollo finito para la ensalada. “Hay que tener bien afilado el cuchillo”, después es más fácil hacerlo. Me decía que para todo tenía que tener paciencia, en la cocina más aún, ya que algo crudo o duro o mal cocinado, provocaba desagrado. En esos tiempos la cocción era muy importante, no como ahora que hay otras herramientas y artefactos de cocina que ayudan mucho. Casi todo se hacía a mano: cortar, picar, amasar, batir. Son acciones de la preparación de los alimentos que era realizada en forma manual. Y había que saber cómo. Tal vez por ser niña mis recuerdos tienen un tamaño impresionante. Hoy, observo con asombro que los objetos que simbolizaban algo enorme, los veo pequeños. Pero eso es algo que a todos los niños nos pasa, y tal vez la historia también tenga esa variable. En mis recuerdos de la casa de mi abuela, todo era gigante y hasta los olores eran penetrantes e inundaban todos los recintos, llegando a mi nariz, a donde estuviera. Los días que más me gustaban, eran los de lluvia. Porque cuando llovía en Sosa, llovía mucho, fuerte y generalmente con truenos y tormenta. Mi abuela era muy miedosa, y si la tormenta era fuerte, nos hacía poner debajo del marco de la puerta, para que si caía algún rayo, no nos alcanzara. Esas ideas eran muy fuertes y nosotros le hacíamos caso, porque tenía mucha autoridad con sus dichos.  Esos días preparaba una exquisita masa suave y blanca, la cortaba con forma de pañuelitos y los freía en grasa caliente, los sacaba con una espumadera y así, los pasaba por un dorado y dulce almíbar y los cubría de unas granas de colores que eran una delicia. Calentitos, nos daba para comer. Otras veces hacía torta frita, las cuales eran grandes y redondas con dos agujeros en el medio, llegaban a mis manos como si fueran globos inflados. Esos olores y sabores aún permanecen en mi mente y sentir algo parecido me transporta al instante, al galpón/cocina de la abuela Leti, en  Estación Sosa.
Nos pasamos la infancia viajando desde Sauce Pintos, un pequeño poblado cerca de Paraná a la casa de mi abuela en Estación Sosa, porque mi padre había muerto y mi madre estaba sola con todos nosotros que éramos ocho niños bastante pequeños. Eran casi setenta kilómetros de caminos difíciles, y de huellas hondas y pantanos cuando llovía. Era una contingencia en sí misma, ir a ese lugar por esos caminos, y generalmente conducía uno de mis hermanos mayores que no tenían más de quince o dieciséis años. Mi madre nunca aprendió a manejar el rastrojero que dejo mi padre. Pero de alguna manera llegábamos a Sosa.  
Ese pueblo, era mágico. Recorrerlo era una aventura increíble. Todos los medios días, la abuela nos mandaba a lo de un viejito ciego, a quién ella enviaba la comida en una vianda. En el camino había dos enormes arboles de mora, que trepábamos para bajar algunas frutas y comer así, sin lavarlas y calientes. También íbamos a lo de la lavandera, creo que se llamaba Laponia. Era una señora gorda pero muy simpática. Vivía en un rancho grande con un gran árbol en el patio, que daba sombra y allí estaban todos los de la familia. Siempre tenía pan para convidarnos. Era un pan con gusto a humo, pero sabroso. Abuela nos decía que no le aceptáramos ese trozo de pan y no entendíamos porqué. Pero con el tiempo descubrí que era porque Laponia tenía muchos hijos y nietos que alimentar, y darnos pan a nosotros, era menos para esos niños. Yo siempre aceptaba el pan y me venía corriendo saboreándolo hasta llegar a la casa grande de la abuela.
Los veranos eran increíbles porque a veces íbamos al Maturrango, un arroyo donde disfrutábamos del agua. Miguel preparaba los caballos y el carro. Miguel era el peón de la casa. Venía muy temprano a la mañana y se iba a su casa a la nochecita. Nunca entendí bien esa relación, ya que Miguel Leñaró, era como de la familia. Siempre con uno de nosotros en los brazos y ayudando en las tareas de la casa. Si había que prender el horno de barro, ahí estaba Miguel; si había que armar el carro, Miguel lo hacía. Barría el patio y limpiaba las ramas y las hojas que caían con las tormentas y el viento. Para ir al Maturrango, la abuela Leti preparaba con antelación todo lo que íbamos a comer y nosotros, felices, nos poníamos la malla, el sombrero y listo. El viaje era largo, a la siesta, por caminos de huellas hondas. Cuando llegábamos, abuela elegía el mejor árbol del lugar para preparar el picnic, y allí bajaban todas las canastas y bolsas con enseres y comida. Nosotros corríamos hasta el agua y nos dábamos un panzazo. El agua del arroyo era de color marrón, porque su fondo era de tierra. Así que pisar ese barro nos daba alguna sensación rara al principio, pero rápidamente se nos pasaba y jugábamos en flotando en grandes cubiertas infladas que  utilizábamos como botes. Pasábamos la tarde entre el agua y la merienda que nos daba mi abuela, en la cual no faltaban tortas azucaradas, galletas con pasas y botellitas de colas  que vendían en el almacén. Me acuerdo de una que se llamaba Bidú. No recuerdo que nos dieran leche. Si agua y jugos caseros deliciosos. Recuerdo verla a mi abuela sentada sobre una manta mirándonos como jugábamos y preparando los platos llenos de tortas y galletas para que nos sirviéramos cuanto quisiéramos. Ella nos miraba mientras calentaba en un fueguito, que le hacía Miguel, un poco alejado del lugar, para que tomara unos mates. Después juntaba flores y semillas del monte. Nos gustaba caminar por los alrededores mirando los musgos, los hongos y las mariposas. Pasábamos una tarde increíble, y volvíamos embarrados y felices.
Creo que las madres, se quedaban charlando de sus  cosas y abuela nos llevaba al Maturrango. No tengo recuerdos de mi madre con nosotros en el arroyo. Si de mi abuela y algunas de sus criadas cuidándonos a todos los chicos en el arroyo. Recuerdo el sombrero de paja que tenía, con una cinta estampada que colgaba por atrás. Eso la dejaba muy glamorosa y elegante. Era una mujer distinguida. Los días pasaban tan rápidos que las vacaciones se terminaban y había que regresar cada uno a sus lugares. Pasaría un año antes de volver a vernos los primos. Y así fuimos creciendo. Pero un día la abuela se enfermó y se murió. Yo no recuerdo los detalles porque posiblemente nadie nos contó nada. En esa época a los niños nos ocultaban casi todo. Nos enterábamos por alguna casualidad o porque ya había pasado lo peor. La casa nunca volvió a ser la de antes. Se terminaron los olores y las ricas comidas. Cerraron el almacén y abuelo Julio se enfermó de tristeza. La casa parecía sin vida, silenciosa. Todos fuimos creciendo, y ya no nos reuníamos más. En dos años, abuelo Julio también murió, y Sosa dejo de ser el lugar encantado de mi infancia. Yo también había crecido y esa diferencia era insuperable. 
Ahora esos recuerdos se agolpan en mi mente queriendo salir convertidos en palabras que bailan en los renglones y saltan de un lugar a otro. Hay una algarabía, tal como era en ese entonces cuando nos decían: prepárense, nos vamos a Sosa!. Pero sé que nada se recupera, excepto en los recuerdos, y por eso escribo estos relatos, para no olvidar esos tiempos felices de la infancia donde la abuela Leti y Estación Sosa fueron vivencias imborrables que de alguna manera hay que preservar para nuestros hijos, y nietos.





sábado, 18 de febrero de 2017

Recuerdos, olvidos y ficciones de la niñez


Era una forma de mantener la conversación con mi anciana madre, recordar los bellos momentos de mi niñez. Bah, en realidad nuestros recuerdos se transforman en "bellos" por obra y gracia de nuestra imaginación. No todos los recuerdos que perduran en nuestra memoria son bellos. Algunos son de miedo, de enojo, y muchos de alegría. Nuestra mente selectiva, recuerda sólo algunos de ellos, tal vez los que nos gustan más. Igualmente, como mi madre tiene Alzheimer, los recuerdos son bellos, alegres y muchas veces imaginarios. La idea es que pueda sonreír y estar mejor. Igualmente pueblan sus recuerdos personas, parientes e individuos que ya no están entre nosotros.

Mami y yo en su etapa final 





12 Palabras

Son las doce del mediodía. Hace un calor insoportable. La ventana está abierta y desde la escalera viene un aire infernal.
Estoy sentada en la mesa, pelando una naranja, que es mi desayuno preferido por la mañana, y miro pasar la gente en la costa con sombreros y sombrillas para atajar el sol. Suena un tango que me recuerda mi querido Buenos Aires. El aire es tan denso que derrite mi piel en transpiración, y mi alianza baila en el dedo anular como si se saliera. El cuarto está desordenado y sucio, hay un frasco tirado en el piso y es posible que ande por allí  algún roedor. El tiempo se suspende y parece un regalo con moño de seda.

Recuerdo haber escuchado el secreto y desde entonces estoy como en vela. Sin reacción. Como una viuda sin esperanzas. Por eso, tomo mi talismán y lo apreto fuerte con las dos manos sobre mi pecho para que todo salga bien y se cumpla mi deseo.





miércoles, 15 de febrero de 2017

Vacaciones en Sosa



            Es febrero y hace calor. Recién amanece y camino hacia el galpón donde está mi abuela. Hay humo y la luz se cuela por los bordados de la cortina de la ventana del frente. Ahí está sentada, en una silla de madera y esterilla, con su delantal sobre la falda. Su perfil se recorta y su nariz aguileña se ve con la luz. Su cabello blanco y ondulado es corto, grueso y abundante. Sus piernas tienen problemas y por eso casi siempre está sentada. Desde esa posición dirige la casa y sobre todo, cocina. Allí aprendí a hacer masas, empanadas, pastelitos de dulce, huevos rellenos y muchas cosas ricas caseras. No consultaba ningún libro. Nunca vi uno, sólo tenía en su cabeza las recetas, las cantidades y algún secretito que me lo decía al oído, con picardía. Las hoyas humeaban al hervir. A veces había sólo agua, otras muchas, dulces de higos, o zapallo, o salsas, o guisos jugosos. Los olores son un punto especial. Se confundían con el humo y eran siempre deliciosos. Los dulces y los salados. Abuela tenía un horno de barro afuera de la casa donde horneaba sus empanadas o pollos o tortas y galletas con pasas. Miguel era el hombre que le preparaba el fuego y luego sacaba todo y dejaba el horno listo para que abuela pusiera sus manjares. Recuerdo una vez que hizo pollos al horno y contó cuantas pechugas y patas muslos querían sus nietos y a partir de ese dato, mató y cocinó pollos para que todos pudieran comer la presa que más le gustaba. Era muy abuela, mi abuela Leti.
            Sosa es una vieja estación de ferrocarril, y allí Vivian los abuelos maternos, tenían un almacén de ramos generales. Era una alegría ver pasar los largos trenes y esperábamos la zorra, que indicaba que venía una locomotora, moviendo las vías y verificando que todo estuviera en condiciones. El jefe de la estación nos saludaba con la mano y todos  levantábamos nuestros brazos indicando que lo veíamos y respondíamos. Nuestra niñez en Sosa, fue muy feliz. Los primos venían de Corrientes y Buenos Aires, y con nosotros y los que vivían en Sosa, éramos un batallón. Las madres se la pasaban charlando entre ellas, hermanas y cuñadas. Y nosotros, los primos, jugando todo el día y a veces hasta altas horas de la noche, en que caíamos rendidos a dormir.
Por eso me gustaba levantarme temprano y caminar hasta el galpón donde mi abuela preparaba, desde su silla el desayuno para todos. Tomaba mate dulce en un jarrito enlozado color azul con puntitos blancos que estaba bastante cachado, y a mí me gustaba cuando me lo daba con leche bien azucarada. Tengo entre mis recuerdos ese sabor suave y dulce del mate de leche que me daba mi abuela. Así crecimos, yendo cada fin de semana a Sosa con mi madre y mis hermanos. Eran tiempos de mucha pobreza, pero mis abuelos lograban sacarnos la tristeza con sus historias y la alegría que sentían al vernos llegar.

Cuando murió mi padre, yo tenía nueve años, mi mami sintió mucha tristeza y si bien, estaba esperando su octavo hijo, fue un momento que cambió nuestras vidas para siempre. La abuela siguió con su rutina de cocinar y enseñarme sus secretos pero todo cambió. La vida comenzó a darnos sus primeros mazazos, que algunos no entendíamos muy bien, y a otros nos bloqueaban hasta dejarnos sin habla. Eso me pasó a mí. Cuando murió mi padre, no comprendí muy bien lo que pasaba. Al morir mi abuela Leti, quedé sin habla. Luego murió mi abuela Ana, con la que también tenía un vínculo estrecho y  poco tiempo después,  murió mi abuelo Julio que fue algo que no podré olvidar porque se murió de tristeza al perder a la abuela Leti. Y después la vida nos dio el mazazo de gracia. Murió mi hermana Rosario. Ese fue el final de muchas cosas, yo tenía quince años apenas. Es decir desde los nueve a los quince, la muerte fue como una sombra negra en todos nosotros. 


martes, 14 de febrero de 2017

Amanecer temprano

Hoy me desperté muy temprano, y decidí levantarme. Me preparé el mate y disfruté de esos momentos de meditación que realizo por la mañana al despertar. Parece que es una mañana cálida, y sin viento ni brisa. El aire es suave y aterciopelado como un paño afelpado, se siente muy sensual. Me gusta sentir la mañana con ese olor a humedad y flores frescas intensas de colores y sabores. Corto una ramita de menta para mi mate,  y la huelo penetrante y profunda. Me encanta la menta. Es mágica por el sabor largo que deja en la boca. Pero también me gusta en la cocina, en las empanadas árabes. Son una exquisitez con menta fresca y recién horneadas. Hace mucho que no hago esa receta que tanto me gusta y es el deleite de mi hija y mis amigos, Uno de estos días las haré, e intentaré hacer también la masa casera. Es tan rica cuando dorada y crujiente se rompe en la boca, estallando en sabores intensos dónde la menta es uno de los que aparece sutil, pero intenso y profundo.

Empanadas árabes 

Menta fresca


lunes, 13 de febrero de 2017

Dormir sin problemas..


       Hoy me desperté a las 10:15 hs. una hora bastante avanzada de la mañana que no me alteró en nada mi vida cotidiana. Me gusta despertar cuando abro los ojos, y no frente al sonido de un despertador. Igualmente aveces creo que debería buscar alguna forma de despertarme más temprano, sólo por el hecho de que la mañana es muy estimulante para mí en particular. Siento una energía renovada, y ganas de hacer muchas cosas que con el avance del día se va aflojando.
Hoy me desperté después de las 10 y tranquilamente preparé mi matecito, y aquí estoy leyendo los diarios, los textos que me interesan y escribiendo un poco sobre las cosas que pasan sin pena ni gloria, en esta vida mía.
La vida es algo intangible que sólo valoramos cuando la vemos en peligro. La cultura debería enseñarnos a quererla más y a disfrutar de cada momento con mayor intensidad. Por eso estoy disfrutando mucho de hacer lo que me gusta sin tanto pensar y sobre todo pensar que pensarán los Otros de eso que yo hago. Es mi vida y quiero hacer con ella lo que me place sin tanto pensar si está bien o está mal.



domingo, 12 de febrero de 2017

Y comenzo el carnaval

Anoche, en la localidad de Dolavon, comenzó el Carnaval con el desfile, en la calle principal, que se transforma en corsodromo.
Desde temprano llegaba la gente y se ubicaba en las plazas y lugares de esparcimiento de la ciudad. Muchas familias con sus hijos disfrutando de un dia con una temperatura increíble para nuestra Patagonia, que oscilo los 34 grados.
Fue una experiencia inolvidable que se vivió en Dolavon, "Corazón del Valle". Esta ciudad que se encuentra a treinta Km de Trelew, donde su gente se conoce toda, se saludan y comparten sus ilusiones y esperanzas, se volcó  a las calles del pueblo a disfrutar de la hermosa noche y del brillo y las plumas de los trajes del carnaval. La música se escucho hasta pasadas las 5 de la mañana y ahora, hay un silencio inusual en el pueblo. Son apenas las 08:15 hs.
Al promediar el evento, me acerqué a uno de los puestos de venta de choripan, hamburguesas, y panchos y pedí un tradicional choripan con chimichurri y una cerveza. Muy bueno!
La gente se agolpaba a los puestitos  a elegir su comida y su bebida. Se sentía un clima de alegría y bienestar. Eso es muy importante en estos tiempos donde el pueblo se siente castigado por las medidas económicas que lleva adelante el gobierno que solo benefician a la clase alta y sacan a los trabajadores sus derechos adquiridos. Así que la percepción de felicidad, alegría y bienestar, se sintió a lo largo de todo el evento y es algo muy importante para todos.


sábado, 11 de febrero de 2017

Comienza el Carnaval en Dolavon



Dolavon es una pequeña, pero antigua, población del valle del rio Chubut, Su casco céntrico denota su pasado histórico rico en narraciones de inmigrantes galeses cosechando trigo y organizando la cooperativa que tenía sede en la localidad. La Mercante. Hasta allí llegaba el Ferrocarril Central del Chubut, y aún se conserva la estación. Sus casas firmes y robustas,  custodian con altivez  las calles y avenidas. El canal de riego mayor divide al pueblo en dos y sus norias siguen dando vueltas, más como un objeto decorativo que recuerda el pasado, que cumpliendo alguna función especifica. Cien años son muchos, y el pueblo se ha transformado, pero esas casas y sus edificios antiguos siguen mostrando con esplendor  lo que fueron y lo que aún son y pueden dar.
Hoy, hay un jefe de gobierno joven. Hijo de esa tierra promisoria, descendiente de esos valientes y aventureros galeses  que se largaron a cruzar el mar y venir a la patagonia a vivir en paz. Hoy comienza el carnaval, una fiesta popular, que en Dolavon tiene su presentación anual impostergable. Son los carnavales del valle y los más importantes de la zona en Chubut.
Voy a ir. El año pasado fui por primera vez. Esta vez voy porque realmente quiero hacerlo. El pueblo todo se viste de fiesta, y se engalana con sus mejores ideas, luces y colores, pero sobre todo con el sentimiento de alegría y vocación,  para brindar a los participantes ese afecto y compañerismo propios de la gente franca del valle. Aquí se pueden degustar los mejores chorizos de la zona, exquisitos quesos y dulces, como así también otras artesanías que realizan con mucho esmero, esperando esta fiesta popular.
Me gusta observarlos con qué orgullo se preparan. Me gusta verlos saludar a todos y ofrecer su ayuda e información. Son los dolavenses que sienten esta fiesta propia y se apropian de ella para seguir llevándola en el corazón.  Hoy comienzan los carnavales, los corsos en Dolavon... te los vas a perder??'



viernes, 10 de febrero de 2017

Mis mañanas


Abro los ojos y siento que aún es temprano. Los vuelvo a cerrar. Hago fiaca. Veo cuanta luz entra por la rendija de la ventana. Depende de eso es que pienso que hora podrá ser. Y tal vez intento volver a abrir los ojos. Tengo modorra. Escucho los ruidos. En general, trinan los pájaros si ya amaneció. Algún ruido de autos circular. Alguna conversación a lo lejos. Pero me tomo unos minutos para despertar. Medito en silencio y aquieto mi mente. Son minutos gloriosos de nada y todo al miso tiempo. Me relajo y estiro todo mi cuerpo. Muchos años salté de la cama al baño muy temprano. Ya no quiero más eso. Sólo abrir los ojos y agradecer un nuevo día, con tranquilidad. Y sentir que mi mente se aquieta y ordena sin nada que la ocupe.
Hoy es un día de sol, aun que algunas nubes se ven el cielo claro. Igual me levanto, tomo mi pastilla con uno o dos vasos de agua y preparo el mate. Pongo la jarra de agua a calentar y me voy al baño. Para cuando vengo a la cocina, el agua ya está y sirvo un mate calentito. LLeno el termo y me voy a mi compu a leer y escribir.


jueves, 9 de febrero de 2017

La cocina de la Nona

Hoy es uno de esos días en que aparecen muchos recuerdos de la infancia. Mi nona Leti. La nona que me enseño a cocinar y el placer de hacer las cosas con amor. La recuerdo en el galpón, que usaba de cocina, sentada en una silla de esterilla, baja, sobre la ventana que daba a la calle, donde no se perdía nada de lo que pasaba allí, y sobre la mesa amasando, repulgando empanadas, armando bollos o pastelitos. Mi abuela tenía el pelo corto y entrecano. Usaba anteojos de marco negro y era una mujer que se levantaba muy temprano a cocinar. Preparaba el desayuno con pan fresco, escones, y galletas con dulce, que también preparaba ella. Recuerdo esos momentos entre el humo de la mañana y el olor a masa en esa cocina, y mi abuela sentada con su delantal cubriendo sus piernas contándome lo que prepararía ese día. Mis recuerdos de la abuela Leti son casi todos en la cocina, enseñándonos a cocinar. Tengo el olor y el sabor de esos manjares impregnados en mi mente, y el humo de ese lugar con grandes cacerolas de hierro, hirviendo dulces y conservas. El olor a pan recién horneado y esas empanadas grandes y sabrosas que hacía. Las fiestas eran un banquete increíble. Hacían huevos rellenos, mayonesas de ave, pollos y pavos rellenos con nueces, pasas y perejil con ajo. Mi abuela tenía olor rico a comida casera. Teníamos una relación increíble. Una vez, recuerdo, le peiné tanto el pelo mientras hacía que dormía una siestita, que el peine se enredó y hubo que cortarle el pelo para poder sacárselo de la cabeza. La nona, no se enojó, solo me dijo que eso no se hacía, y listo. Ir a la casa de mis abuelos en Sosa, era lo mejor que nos podía pasar. Ni bien llegábamos nos íbamos a jugar a los árboles o a las higueras del fondo. Era una manzana completa, donde un la mitad, estaba la casona y el almacén, los galpones y sobre la calle de lo Brondi, el galpón con bolsas y fardos. El almacén era un lugar especial, Allí estaba, en su rincón, el abuelo Julio, con sus libros de contabilidad. Leía mucho la Prensa y tal vez algún libro, No recuerdo bien que leía, Pero allí estaba toda la mañana y parte de la tarde. Recuerdo a mi abuelo parado en la puerta del almacén, con su bastón, sus anteojos redondos, y su pipa. Era flaco y alto, blanco, rubio, de nariz prominente, y ojos muy lindos. Yo quería mucho a ese abuelo que siempre sacaba del bolsillo unos caramelitos y me los daba en secreto y sin que nadie se diera cuenta.
Ahora que han pasado los años y los recuerdos se agolpan en mi mente desordenados y placenteros, intento una secuencia para poder dejarlos por escrito para todos los que quieran leerlos.

martes, 7 de febrero de 2017

Sin nada para contar

Hola, hoy me desperté sin nada para contar, pero igual necesito escribir sobre este tema que me hace sentir vacía.
Creo que la crianza te indica que si no haces nada está mal, y eso me parece que no es así. Cada ser humano debería poder tomar las decisiones que considere para su vida sin ninguna presión social o de carácter estructural de las instituciones. Nos hemos criado para vivir una vida "normal" ... y que es normal? quién lo dice? porqué? son preguntas que me surgen porque es lo que se vive diariamente.
Pienso que después de dormir entre seis y ocho horas diarias, es necesario tener algo que hace, pero muchas veces no tengo ganas de hacer nada... y no hago nada.
Dirán: - Estás deprimida...
Y no... no siento que por no querer hacer nada, esté deprimida, simplemente, no tengo ganas de hacer algo en particular....y me quedo pensando y diseñando alguna cosa en mi mente, que ya es hacer algo!!! Por eso intento poner mi mente en blanco y acallar las voces que me suenan en la mente haciendo cosas con el pensamiento.
Meditar le dicen, y es eso: acallar la mente... no es una tarea fácil pero se puede hacer con práctica.
Al principio, mi mente decía muchas cosas y me respondia. Intentaba no pensar pero enseguida volvían los pensamientos y los proyectos de hacer. Hasta que un día me pareció que ya no estaba en ese lugar y no pensaba nada. Creo que eso es meditar y es lo que realizo en general por las mañanas al levantarme.
La meditación, dicen los gurús y maestros, lleva a la iluminación. A mi me ayuda a estar en Paz con todo lo que me rodea, el mundo con tantas presiones y estructuras creadas para que "tengas que hacer cosas para ser normal"




Son tres, de cinco quedaron sólo tres. Dos negritos manchados y uno rojizo medio rubio. La gata los cuida, pero dos se han muerto. Nacieron el 24 de diciembre, así que uno se podrían llamar Navidad o Fiesta. No se me ocurre otro nombre. Y ahí están, llorosos pero lindos. Ya subiré algunas fotos para que los vean. Son bonitos y simpáticos, como la mayoría de los bebes o cachorros de gato y perro.
Ahora duermen, los saqué de la cuchita que tienen con la gata. Pero quiero quedarme con uno de ellos y por eso tal vez necesito que se relacionen con los humanos. La gata es muy arisca.