martes, 28 de marzo de 2017

Volver a escribir

Hace varios días que no escribo... 
Tal vez la vorágine de cosas que surgen en el día a día, hacen que uno no se tome ese valioso tiempo de escribir lo que se aprisiona en la mente. Por eso, hoy, decidí hacerlo sin red, directamente en la hoja blanca del blog. Este hecho es significativo para mi. Nunca lo hice, siempre cuidé la forma de escribir y qué escribir. Tengo un gran respeto por mis lectores. 
Hoy es un día gris y de lluvia finita y molesta en la ciudad donde vivo. El cielo  encapotado, siempre me invita a escribir, me da una sensación de intimidad, de espacio privado, cerrado, sensible.
Esta fresco, el aire cada vez está más frío. Después de un verano increíble de lindo, con temperaturas que superaron los treinta grados, y teniendo ese mar azul tan cerca, es un tiempo de paz. Ahora siento que la llovizna se transformó en lluvia fuerte, y escucho las gotas sobre el techo de chapa de mi casa, es una melodía suave, que repiquetea monocorde pero dinámica y me hace escribir sobre el teclado como si siguiera su ritmo. Es estimulador. Me gusta. Aparece y desaparece en una constante de letras sobre la hoja blanca que se parece a un baile de letras movedizas. Esa danza que se produce en el renglón, me parece un ballet y las imagino con sus pasos de baile y la música que suena en el lugar imponente de gente, de ojos expectantes, de oídos atentos a todo. 
Paró de llover, hay más luz entre las nubes bajas y sedosas del cielo. Mis gatitos están acurrucados sobre la ventana, hechos un "bollito" de pelo suave. Su madre, la gata sin nombre, los vigila sobre el zócalo de la puerta.
Las plantas felices de recibir esta agüita del cielo, dulce y natural, explotan con sus ultimas florecillas y verdean con sus follajes lavados y frescos, erguidos al aire tan puro de nuestra patagonia.

jueves, 16 de marzo de 2017

Microrrelato



      Espejos en el cielo
Caí de rodillas. Mi cabeza, inclinada hacia abajo, pero mis ojos abiertos miraban la claridad del cielo azul. El golpe certero terminó con mi existencia, pero mi alma subió infinita y libre.
El   cielo cerúleo nublado, se abrió en mil pedazos de espejos y recibió mi energía vital de forma inimaginable. Había muerto. 

miércoles, 15 de marzo de 2017

Al despertar, recordé un sueño

   
Es una mañana tranquila y suave. Apenas está apareciendo el sol detrás de las nubes rizadas como si fueran pompas de merengue. Hoy se siente el aire fresco de marzo. Estiro los brazos para desperezar mi cuerpo después de  tantas horas de sueño. Y de repente recuerdo lo que sucedió anoche: soñé. Las imágenes se aparecen en mi mente con mucha claridad. Era un enorme galpón lleno de bolsas llenas de cereal, creo. Y yo allí caminando hacía la puerta entreabierta, que dejaba pasar la luz tenue del sol. Las piernas me pesaban, no podía moverlas. Seguía en el mismo lugar pensando que estaba caminando hacia afuera. De pronto se profundizó el silencio en ese enorme lugar y apareció una pequeña mariposa blanca que revoloteó sobre mi cabeza. Era mi madre que se acercaba a decirme algo. Siempre que aparecía una mariposa blanca, mi madre decía que era el espíritu de un ser querido que nos quería decir algo, así que para mí era eso y era mi madre, sin lugar a dudas. Revoloteo unos instantes, que para mí fueron largos momentos, y luego desapareció en la luz. Yo quedé atónita, perpleja pero en paz.
De pronto me di vuelta en la cama, y desperté totalmente. Abrí los ojos, los cerré, los volví a abrir. Y supe que estaba despierta inexorablemente. Los recuerdos del sueño, fueron apareciendo como retazos desordenados y llevados por el viento. Me levanté y fui al baño. Allí me miré al espejo. Tenía la cara marcada con la almohada en la mejilla derecha. Ya no pude volver a acordarme como seguía ese sueño. Sólo la mariposa revoloteando en la luz tenue de ese galpón lleno de bolsas de trigo. Si, eran de trigo, tengo la certeza que el cereal era trigo. Un trigo dorado. Toda la mañana anduve intentando recordar un poco más de ese sueño pero fue en vano. Nada pude hacer. Fue sólo eso, un sueño.
Ahora pienso que mi madre anduvo cerca de mí en estos días. Si la sentí así. Ya han pasado varios meses de su partida, y aún la siento por aquí. Eso es lo que pienso y tal vez está acompañándome en esta etapa de madurez en la que voy revisando la vida, y los recuerdos se agolpan en la mente queriendo salir a bailar en palabras y en renglones convertidos en textos, en cuentos en relatos. Si debe ser eso. Tengo que escribir lo que mi madre dejó pendiente sobre su familia belga, sobre sus recuerdos de viajes. Ahora lo veo claro. Ella quiere que escriba sus narraciones en tantos viajes realizados y que no pudo hacerlo ella. Madre: así lo haré.

Gracias por recordármelo en este sueño especial. 

martes, 14 de marzo de 2017

Una noche calurosa de verano en Sauce Pintos



Era un verano caluroso en Sauce Pintos. Después de cenar, mi padre nos llevó a un parquecito de pasto bajo que había entre los arboles de mandarinas. Allí, acostados, con los brazos cruzados debajo de la cabeza simulando una almohada,  nos dispusimos a mirar el cielo. Era una noche calma, con aire cálido. Las chicharras cantaban en un coro monótono. El cielo se veía con un ancho camino de estrellas brillantes de diferentes tamaños. La vía láctea en todo su esplendor se lucia esa oscura noche. Mi padre nos pidió que miráramos con atención y en silencio todo ese espectro nocturno. Así lo hicimos. Pasaron varios minutos y sentí el rocío que humedecía mi espalda  y brazos. La noche estaba increíble. De pronto mi padre nos orientó para observar el sur. Y allí estaban las estrellas que formaban la Cruz, la  Cruz del sur. Todos los hermanos pudimos identificar a cada estrella con su nombre y el diseño que formaban. Entonces padre nos contó la historia. Que la Vía Láctea es una galaxia y que tiene forma de espiral. Lo que vemos en esta hermosa noche de verano, es sólo una pequeñísima parte, y es esa especie de camino que surca el cielo con una leve curva. Es nuestra galaxia, y donde se encuentra la tierra. Los griegos que eran grandes Astrónomos, y observaron con detenimiento el cielo durante siglos, la denominaron así por parecerse a un sendero de leche en el firmamento. Un camino de leche, es su significado en latín. También nos hacía observar la Osa Mayor y Menor, y el lucero del alba, que no era otro que el planeta Venus. Todas las historias de las constelaciones y datos de las estrellas, nos dejaban en silencio, observando con agudeza para ver si podíamos encontrar todo lo que nos contaban. Allí aprendí a ver estrellas fugaces. Mi padre nos ayudaba a verlas y detectarlas en el cielo. En realidad, de adulta, supe que no eran estrellas, sino meteoros, pero en ese tiempo mi admiración por mi padre hacía que todo lo que él decía era así. Lo admiraba y amaba infinitamente. Era un ser poderoso en mi vida pero, teniendo apenas nueve años, lo perdí. Pero siento que sólo su presencia física, porque su ser espiritual, me acompaña en cada momento importante de mi vida. Las pérdidas de los niños acaecidas por la muerte dejan un hoyo, un vacío muy profundo y oscuro, que nos cuesta poder rellenar. Igual la vida se encarga de hacer que ese hoyo profundo se llene de recuerdos y anécdotas según los sentimientos que se aniden en el corazón. Yo llevo muchos de esos recuerdos en ese lugar que ahora tiene luz, ya ha dejado de ser oscuro, y me produce sonrisas en la boca cuando hurgo en sus recuerdos.



lunes, 13 de marzo de 2017

Otoño en Sauce Pintos

Otoño en Sauce Pintos
Los días de otoño amanecen fríos y las hojas de los árboles se tiñen de un color ocre amarillento. Pronto dejarán un colchón en el patio que barreremos y quemaremos, en una actividad que es casi un juego. A mí me gusta  jugar donde caen las hojas. El crujir que se siente es muy divertido. Con mis  hermanos después que juntamos en una gran parva, de esas hojas secas y crujientes, nos tiramos arriba. Quedamos llenos de hojas secas pegadas en todo el cuerpo y con el pelo alborotado. Nos divertimos juntos con esa inocencia de la infancia.


Mi padre  hace fuego todas las mañanas en el fogón que hay en la cocina y toma mate amargo con una pavita enlozada color azul de Prusia, creo que decía mi mamá, que le gustaba saber el nombre de todos los colores. Me gusta verlo, es un padre imponente, con autoridad. Pero sabio y bueno. Me gusta sentarme en su pierna izquierda, esa es la mía. Mi hermana y yo usamos sus piernas, una para cada una, para que nos tenga alzadas. Yo le rodeo la cabeza con mis brazos pequeños y me quedo allí en su hombro fuerte, protegida. Esa imagen me acompaña en momentos de tristeza. El, dejando que mi cabeza se recueste en su fuerte hombro, abrazada y abrazando. Creo que sus dos mujercitas eran sus regalonas, siempre nos llevaba de la mano a cualquier lado que íbamos. En cambio los varones, iban con mi mamá.
Es un padre presente y trabajador. Mis últimos recuerdos de él, son un cumpleaños número nueve. Se había enfermado, y lo habían operado en Paraná. Desde allí llego con mi madre a la casa de Sauce Pintos, con una torta de chocolate para mí. Ya lo habían operado y estaba delgado y blanco.

Ese recuerdo perdura en mí siempre. Mi padre entrando a la casa con la torta  bañada en chocolate entre sus manos, Una torta que había preparado mi mamá que lo acompañaba y venía con él. No recuerdo cuanto se quedaron, pero tengo la idea que fue una visita. Nosotros, los chicos estaríamos al cuidado de mi abuela Leti, pero no lo recuerdo. Era septiembre, tres meses antes de que partiera definitivamente. Recordando estos momentos, siento que corren silenciosas unas lágrimas por mis mejillas, y que una congoja me aprieta el alma… fueron tiempos de mucha tristeza y de cambios que se daban sin darnos cuenta. 



sábado, 11 de marzo de 2017

Los días de lluvia en Sauce Pintos


Los vidrios repartidos de las ventanas estaban empañados y llenos de gotas de agua. Es una mañana de otoño y llueve desde la madrugada. Nos hemos levantado con la modorra del día que sabemos no podremos salir a jugar afuera.  El aire está húmedo y frío. Las habitaciones apenas iluminadas porque las nubes son densas y bajas. Llueve finito, suave y persistente. Los chicos miramos la lluvia por las ventanas, es un día para andar en los cuartos, saltando en las camas y jugando a las muñecas Piel Rose que tenemos las mujeres. Nos gusta vestirlas y arreglarlas con trocitos de tela que simulan abrigos costosos, y vestidas para la fiesta, salen a pasear en un imaginario lugar cerca de las patas de la cama de bronce que era de mi abuela. Nos sentamos en una alfombra tejida con hebras de no sé qué material. Mamá siempre nos pide que no estemos en el piso desnudo para no enfriarnos, es tan fácil resfriarse en esta época, y nos cuida mucho, porque todos somos alérgicos y algunos de mis hermanos asmáticos. Mi hermana Pili, es la que más sufre de asma. Ella se cuida de cualquier frio en el cuarto que da al sur. Igual jugamos toda la mañana con las dos muñecas, a la que a una le falta una parte del rodete porque se lo comió un cachorro que teníamos. Las dos las heredamos de unas primas mellizas Martinez que nos la regalaron. Fueron nuestras primeras muñecas lindas y para jugar que tuvimos con mí hermana. Nos gustaba hacer personajes y hablar por ellas, los mellizos también jugaban con nosotras porque eran los más chiquitos.
 Por el pasillo llegaba el aroma de alguna comida sabrosa, que hervía en una olla grande sobre la cocina. Generalmente un puchero con huesos con caracú, o algún guiso de arroz, o fideos con salsa de tomates. Comidas abundantes para tantos comensales. La mesa,  grande y de madera, la cubría un mantel con flores azules y verdes. El pan caliente y humeante salía del horno directamente a la panera a reposar. Se amasaba dos veces por semana, y se usaba media bolsa de harina. ¡Cómo me gustaba amasar con mi madre!. Ella me dejaba mezclar y tocar con mis esa masa suave y tibia. También hacía tortas fritas o bollos con huevo y azúcar encima, que eran una delicia. Tenía épocas, de tortas negras, épocas de bollos,  otras de pastafrolas, después de tortas dulces. Mi madre hacía cosas dulces por épocas, hasta que se cansaba y cambiaba de receta. Nada alcanzaba, todo era muy rico y nosotros muchos y comilones.
Con mi hermano Julio a la casita. Teníamos armado un fuego cerca de una pared en el gallinero. Hacíamos arroz hervido y huevo duro en una lata de tomates. Mi hermano hacía un fogón con ladrillos y hierros dónde apoyábamos las latas. Yo preparaba la leña para el fuego. Usábamos unos fósforos que le sacábamos a mami de la cocina. Los fósforos eran un elemento muy necesario en la casa. Y no había otras cosas para prender, hasta que salió el magiclick. Podíamos estar toda la mañana en los preparativos de esa cocina y cocinando. También hacíamos los juguetes de madera. Los autitos, las escopetas, los caballitos, todo con madera.
Las navidades eran las fiestas más importantes, y los reyes magos. Cómo éramos tantos, los juguetes nos llegaban de Buenos Aires. Nos gustaba cuando venían mis tíos solteros, cargados de regalos. Esos tíos eran los hermanos de mi mamá, y nos querían, especialmente venían después que mi padre murió y quedamos solos los ocho hijos con mamá. Los regalos que traían eran diferentes a los que había en el pueblo. Así que estábamos orgullosos de esos juguetes  con los que jugábamos todos. Recuerdo cuando me trajeron un osito de peluche grande. Otra vez un pianito que aún conservo. Mirábamos en el Billiquen las publicidades y pedíamos al niño dios lo que nos gustaba. En la oportunidad que pedí ese pianito la propaganda mostraba una foto de uno grande, donde se podía tocar sentado en un banco. El que me trajo era muy pequeño del tamaño de una torta, color rosado y con doce teclas de madera. Igual estuve orgullosa de ese juguete con el que aprendí a tocar el arrorró mi niño y el feliz cumpleaños. Nuestra niñez fue así de simple y sana. Casi no veíamos televisión porque no había. Jugábamos todo el día en verano y en invierno, íbamos a la escuela y leíamos mientras hacíamos las tareas. Nuestra madre era la directora de la escuela después que mi padre murió. Así que aunque lloviera, nosotros íbamos a la escuela con mi  mamá.

Fue una niñez increíble, llena de juegos y alegría, pero también de momentos de mucha tristeza y lágrimas. Pero siento que fuimos felices a nuestra manera, por eso cada vez que nos juntamos con mis hermanos, disfrutamos de esos recuerdos de la infancia que están tan grabados a fuego en nuestras mentes y en nuestros corazones.


martes, 7 de marzo de 2017

El Mentiroso

La costa de ese pueblecillo blanco era sencilla y simple. Casitas de dos o tres pisos, pintadas a la cal, y hechas con adobe y cemento. Calles de piedra y caminos de arena y ripio, subían por las lomas cubiertas de vegetación verde brillante y reluciente. Era verano y hacía mucho calor. Un pueblo de tantos del Este, con pescadores, y gente paseando por la costa. Un pueblo pequeño, ignoto, con un nombre descolorido, en contraste con su gente y su belleza.
En una de esas casas blancas con ventanas y terraza al mar, vivía Laura. Era una mujer hermosa aunque ya pasaba los cincuenta años. Alta y esbelta. Aún tenía el glamour de su juventud. Sus ojos profundos y grandes aleteaban con sensualidad frente a cada bocanada de brisa que entraba por la ventana abierta. Era hermosa y sexi. Estaba en una edad en que las mujeres son casi diosas, y saben que son capaces de cualquier hechizo y con solo desearlo, hacen que se  cumplan.
Ese caluroso medio día, Laura leía con fruición con su diccionario de latín cerca para consultar cualquier vocablo que no entendiera, las notas del notario, que escribió el Testamento. Miró hacia la mesa y vio un papel. Humberto  había dejado una entrada de cine, de la noche anterior. Ella no sabía nada, porque desde hacía años no se dirigían la palabra,  ni se tocaban, ni se acercaban uno al otro. Esa era su vida desde hacía mucho tiempo, en el más ignoto silencio. Humberto era un manipulador y mentiroso. Por muchos años la había tenido sometida en silencio, pero ya no. Tiempo atrás se había despertado de su largo letargo de una manera imperceptible. Horacio no lo había notado aún. Lentamente recordó lo sucedido. Pero estaba débil y debía fortalecerse para lograr vencer y afrontar lo que vendría con la fuerza que heredó de su familia, ya desaparecida.  
Ella tenía que descifrar ese secreto que la tenía insomne por las noches y somnolienta durante el caluroso día de ese verano singular.
Una mosca la cautivó repentinamente. Brillaba junto a un antifaz con lentejuelas azules que la dejaban enjoyada como para el carnaval que pronto se acercaba. Su mente, rápida para huir de cuestiones tediosas, se lanzó a imaginar a esa mosca con caireles azules, desfilando en el corsódromo de la ciudad. Casi sin darse cuenta se quedó ensimismada con esos pensamientos con disfraces y colores resplandecientes, y se olvidó de su búsqueda incesante para descifrar lo que debía comprender. El calor apretaba y se hacía sentir en todo su  entorno. Las cortinas livianas de voile, flotaban con esa brisa caliente que entraba por la ventana. El viento del Norte era muy caluroso y se hacía sentir ese febrero. Entrecerró sus ojos en un gesto de modorra y se quedó dormida. Soñó con tanta intensidad que siempre pensó que era una verdad consagrada. Ella que se dejaba llevar al pozo de agua detrás de la casa y Humberto que la empujaba dentro, y caía rozando apenas las paredes de ladrillos con musgos suaves y frescos por el agua que pronto sintió en todo su cuerpo al chocar con ella. Estaba fría, pero no la molestaba, se dejó flotar y estiró los brazos y las piernas en ese shock mientras se hundía sin dejar de respirar, y con sus ojos bien abiertos mirando todo a su alrededor.
La mente parecía en suspenso y sus ojos abiertos veían pasar las imágenes como en una película, pero en cámara lenta, y sin sonido. El fondo era de un color borroso y fuera de foco, con lo cual sólo podía ver su imagen flotar y caer sin estridencias.

El secreto era ese, él la había empujado a ese largo viajes sin fin y del cual nunca pudo volver a salir. Su mente se quedó en ese pozo irrecuperable de musgos y lagartijas, de agua dulce y fresca y de ladrillos húmedos y enmohecidos. Y nadie lo sabía, sólo ella y estaba allí, sin poder expresarse como un ánima en vida, sin reacción, muerta, penando por esa casa frente a la mar, sola y en silencio. Perturbada pero consciente tomó la decisión de hacer conocer la verdad de lo sucedido, y sin más se paró y comenzó a caminar hacia afuera y gritar a los cuatro vientos su verdad.