miércoles, 23 de agosto de 2017

Tormenta azul en la Santa María




El cielo azul tormenta, se acercaba a nosotros rápidamente. El viento norte soplaba tirando algunas gotas de agua dulce y cálida. Con mi hermano Julio, habíamos subido al techo de la casa. Un techo a dos aguas de zinc, los dos solos. Rápidamente me ubiqué en la parte más alta, al centro, sobre la cumbrera. Estaba sentada en cuclillas sobre la chapa caliente del techo, mirando ese monstruo que se acercaba apresurado. Una tormenta de verano, azul profundo, y con brillos de relámpagos y refucilos. Fue un momento sublime, único. Mi hermano, al verla venir, bajó inmediatamente y me dijo que yo también lo hiciera. Volteé mi cabeza para mirarlo, pero no me moví de donde estaba.  Me quedé inmóvil en esa posición, casi sin respirar. El viento bramaba, moviendo las ramas de los árboles con una fuerza inusitada. De pronto escucho la voz de mi madre que me llama, con miedo, desde la galería diciendo que bajara, que se descolgaría una lluvia intensa. Yo le contesté que sí, pero que esperara  un poco. Pero ella no escuchaba mi voz. Tenía sólo ocho años. Era menudita, una niña pequeña, con unos pocos pelitos rubios,  por eso alguna vez me llamaron Pelusa, “que se la lleva el viento”. Cerré los ojos y el soplo cálido me golpeaba la cara. Era una sensación extraña, increíble. Siempre me gustó el viento. Que me llevara por todos lados empujándome. Corría en el mismo sentido,  me parecía una fuerza abrumadora que podía lograr cualquier cosa. Ese día me había subido al techo para ver mejor. Era la tarde de un sábado. Ahí descubrí la magia de una tormenta de viento norte, antes de que se vuelva sur. Mis pelos volaban desordenados, y la ropa se inflaba. Recuerdo las sensaciones que me recorrían el piel. Había alegría, placer, emoción, y paz, si, mucha paz.  Hoy, cuando el tiempo ha pasado, sé que esa tormenta me preparaba para la vida. Nunca tuve miedo. Si, cuidado. Por eso cuando sentí que el viento giró hacia el sur y la lluvia comenzó a ser fuerte, y más fría, me pare con cuidado de no resbalar ni caer y crucé del otro lado del techo, y bajé por dónde estaba el lavadero. Cuando lo hice estaba totalmente mojada, empapada. Los pelos estaban pegados a la cara y la ropa al cuerpo.  Pero ya llegaba a la galería y a la toalla que tenía mi madre en sus manos,  para secarme. Esos recuerdos, dejaron una huella en mí, y probaron mi valentía.  Hoy cuando tengo una sensación de temor, vuelvo a esa tormenta azul de sábado  y a las manos de mi madre frotando mi cuerpito frío y mojado. A veces llego a sentir que el tiempo no ha pasado y estoy en ese momento especial. Sin prisas, sin miedos, cuidada, querida. 

Ganas de Escribir

Las ganas de escribir

            Me surgen ganas de escribir y tengo que hacerlo en cualquier lado. Será qué tengo algo en la punta de los dedos que me incita a golpear las teclas de la computadora? Pero es así. La necesidad de escribir es poderosa. Pueden ser las tres de la mañana y me despierto en medio de la noche y levanto la compu a la cama y escribo textos como este que no son más que una necesidad de expresar lo que me pasa. Luego el sueño viene nuevamente y dejo todo, me tapo con el acolchado de plumas y duermo hasta la mañana.
            Hoy me preparé el mate pensando que eran las seis y media. Fui al baño, me lavé los dientes y la cara. Pero cuando llegué al dormitorio nuevamente, y miré el reloj del celular, vi que eran las tres!!! Así que nada, tomé mi computadora, a la que le falta la tecla de la eme, y comencé a escribir. Casi sin darme cuenta voy escribiendo dos párrafos de nada, pero escribo como si todo estuviera pensado de una manera inteligente y brillante. Pero sé que no es así.
            Ahora siento que no tengo un tema para hacerlo y el hormigueo me va bajando lentamente a los párpados que me pesan sobre los ojos. Siento ese cosquilleo en la nuca avisando que el sueño es fuerte. Siempre estoy pensando en tantas cosas que se pueden escribir y cuando tengo la computadora en las manos, mi inspiración se diluye como arena entre los dedos.
            Son tiempos aciagos, de desesperanza, de agobio. De no saber que hacer con lo que sucede y con el deterioro del tejido social de este bello y maravilloso país que tenemos.
Ayer, mientras charlaba con vos por audios de whatapps, pensaba en cuantas cosas se rompen y no se recuperan más. Los ancianos que mueren por la desidia del estado sordo, los niños que no aprenden, las mujeres que intentan seguir alimentando y conteniendo a los más débiles. La situación de no tener para comer, de no tener trabajo, de no tener remedios. Esas cosas son las importantes hoy. Yo tengo todo eso, pero me duele el alma, de ver  lo que le pasa al otro, a los otros. La gente durmiendo en la calle, los viejitos, las familias. Los que están porque no tienen otro lugar. Los que han perdido el trabajo, los que han perdido la esperanza, los que han perdido la dignidad.
Mi mate se puso frío y lavado, igual lo ensillo y sigo tomando. Ya son las cuatro y el sueño se está apretando  en mis ojos y detecto una leve molestia. Ahora sé que debo escribir cuando tengo ganas y lo que me surja.
Tal vez de esa manera pueda completar la historia de mi infancia, la de mis abuelas, mujeres fuertes si las hubo, la de mi familia y sobre todo la de mi madre.
Por eso escribir me hace bien, me ayuda a sacar de adentro lo que me acongoja y que también me hace sonreír. La vida sigue y avanza sin que nadie la detenga. El tiempo es inexorable. Pero depende de cada uno disfrutarlo saboreándolo como con un café caliente y dulce un día frío.
Tengo sueño, y ya escribí. Ahora a dormir. Mañana será un nuevo día con cosas increíbles por vivir.